Ditsch y la impugnación de la vista

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Ditsch y la impugnación de la vista
por Andrea Villar* 

 

 “Gracias a la existencia de lo visible, es posible la visión”, dice Emanuele Coccia en La vida sensible, otorgando primacía a lo sensible sobre la sensación, al percepto sobre la percepción. Recibiendo lo sensible, somos capaces luego de crearlo –pintando, escribiendo, componiendo música. La vida sensible está hecha de imágenes, formas y cosas cuya existencia se da en un lugar de exilio, fuera del lugar propio: los hielos de Disch, por ejemplo. Los hielos de Disch no son los mismos que los de la foto que le sirvió de guía, tampoco son los que sus ojos alguna vez contemplaron. El artista no reproduce lo visible, lo “da”. Y dando lo visible, multiplica lo real. Al espectador que, frente a los hielos de Disch, solo ve hielos “hiperreales”, se le escapa la experiencia de hacer un cuerpo de ese espacio intermedio entre él y la pintura, una experiencia (estética) de lo sensible espaciado. Esto exige una actitud de escucha más que unos ojos atentos. 

* Politóloga

Espacios

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“La exposición es un texto, es decir, un mensaje que se expresa en términos visuales. El montaje de una exposición puede, a través de recursos museográficos tales como el color, la disposición de paneles, la iluminación y la escenografía museal, generar un clima que condicione y comunique la muestra”.

ROCA, José Ignacio.


Helmut Ditsch, Un arte intuitivo?

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Helmut Ditsch. Un arte intuitivo?
Por Norma Iglesias*

La obra de Ditsch produce dos tiempos de reacción, el primero es la anulación total y absoluta de los canales de percepción que no estén relacionados con la razón pura. La segunda es la ruptura de la razón para dar paso al espíritu expedicionario que es capaz de desafiar los cristales helados y sus grietas.

La primer lectura es totalmente racional, y es desde ese enfoque que se llega al menos a dos conclusiones: la obra de Ditsch es obra filosófica y la obra de Ditsch es también, y muy claramente, psicologista.
Según la epistemología, la intuición es el conocimiento inmediato el cual no requiere de la deducción ni del razonamiento. Lo evidente. Podríamos definir el arte de Ditsch como un arte intuitivo?.  Un arte “que se entiende” permite llegar al conocimiento de  la esencia de las cosas y sus diversas cosas mediante los conceptos.
Desde el punto de vista psicológico la intuición es el conocimiento  que elude un camino racional para su construcción y formulación, y por lo tanto no puede explicarse o, incluso, verbalizarse. La obra de Ditsch no deja espacio a la duda. Es lo que se ve.
Ese es el primer impacto, el que sorprende y anula y minimiza al espectador, lo vuelve partícula frente a la cosmogonía de la obra.
La segunda lectura parte del desafío de vencer todo preconcepto y aceptar la invitación que hace el artista a explorar cada uno de los espacios infinitos de su obra. Aparecen las múltiples e intrincadas posibilidades de abstraer conceptos y anteponer los sentidos en la exploración de formas y vacíos, colores y ausencias, texturas y huecos. Como si todo estuviese contenido allí.
En lo personal no me seduce lo explícito pero, en un juego de contrasentidos, a su vez resulto seducida por este tipo de propuesta visual porque percibo que no se trata de la expresión pluscuamperfecta de escenarios fríos sino que  hay un sutil desafío de encontrar al otro detrás de tanta forma reconocible. Quizá el hombre ausente en la imagen expresada por Ditsch no esté sino en el lugar del espectador. Una vez más un juego de espejos?.  “…¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza/de polvo y tiempo y sueño y agonías?...” (Borges).

*Norma Iglesias: Ingeniera Agrónoma - Artista Plástica ( expresionismo abstracto)
Cinco Saltos - Diciembre 2011

Helmut Ditsch: la posibilidad de una experiencia

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Helmut Ditsch: la posibilidad de una experiencia
 Por Andrea Villar*


 

 
Caspar Friedrich, El caminante sobre el mar de nubes (1818) 94.8 x 74.8 cm (Der Wanderer über dem Nebelmeer)


Narrar la experiencia, en el límite donde la fotografía se prolonga en la pintura, en un gesto posromántico que restaura la naturaleza en la tela… No hay quien contemple el mar o el desierto de Ditsch: no se trata ya de plasmar la imposibilidad de una experiencia –como el romántico Friedrich- , sino de la reiterada potencia de “vivirlo todo otra vez” –como anhela el pintor.

En las obras de Ditsch, sin embargo, se intuye el caminante, se magnifica su ausencia: como si el caminante hubiera tenido que salirse del cuadro para que su experiencia se vuelva verdad en la tela, como si el lugar de la experiencia fuera la tela misma y las posibilidades narrativas del acrílico y el óleo.

Doble gesto, quizás, del pintor: suprimir al sujeto para dejar -humildemente, humanamente- que una experiencia sea posible; arrojarse y arrojar al espectador a lo que la pintura gratuitamente le dona: la posibilidad de una experiencia.

Multiplicar y espaciar lo sublime en la tela. Padecerlo en la soledad del que, caminando, hace y tiene experiencia.




Caspar Friedrich,  El mar de hielo (1823-1824) 96.7 x 126.9 cm (Das Eismeer)

*Andrea Villar: Politóloga. Cipolletti. Rio Negro






Helmut Ditsch - Artista Plástico

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“Lo que hice fue un acto subversivo”

“Es sabido que quien distrae sus fuerzas en muchos asuntos no se podrá concentrar especialmente en uno: nunca logrará identificarse del todo con una gran causa, jamás se entregará a ella totalmente y la convertirá en su única causa”.

Por Romina Sanchez*

Algunas personas nacen con un don especial. Helmut Ditsch es un claro ejemplo de ello. Tiene 49 años y se ha convertido en uno de los artistas más reconocidos en el mundo de la pintura.

Él se entregó en cuerpo y alma a su propia causa: tiene un objetivo preciso y lo persigue incansablemente. Intenta reflejar la naturaleza y procura que la gente tenga contacto con ella a través de sus obras. “Yo me desgasto en lo que amo”, confiesa. Sus palabras demuestran el nivel de entrega y pasión que siente por lo que hace.

Helmut sostiene que su destino estaba marcado desde un comienzo. Nació en Buenos Aires en 1962 y pasó su infancia en Mendoza, donde recuerda haber pasado las vacaciones más felices. La pérdida temprana de su madre, a los siete años, influyó en la temática de sus obras. Ese hecho desgraciado le abrió una nueva perspectiva para explorar. De ahí en adelante se focalizó en la naturaleza. “Eso fue un disparador de temáticas, pero no fue lo que me motivó a ser artista. Eso ya venía de antes”, cuenta.

Entre 1980 y 1982 hizo el servicio militar en la Armada, más precisamente en el edificio Libertad. Él recuerda esa etapa de su vida con cierta tristeza, pero sin rencor. “No le echo la culpa a nadie porque esos dos años que yo perdí fueron útiles para seguir desarrollándome mentalmente”, rememora.


Aconcagua: Una experiencia única


 Unos años más tarde vivió una experiencia que lo marcaría para siempre. Escaló el Aconcagua junto a sus hermanos. Estas son sus palabras: “Fue como haber abierto una puerta a una dimensión nueva. Me dio muchísimo placer espiritual haber estado ahí arriba. Descubrí que existía –y que yo podía vivirla- una dimensión espiritual donde me sentí rico, donde sentí que no necesitaba ningún bien material para ser feliz… sólo mis piernas, mis brazos, mi cabeza y mi corazón. Y empecé a sentir que todo ese sufrimiento que viví durante mi niñez, por tragedias que pasaron, se iba compensando. Y me hizo bien eso”.

Luego de realizar numerosas expediciones y de comenzar su carrera como artista independiente, se radicó en Austria. Entre 1988 y 1993 estudió en la Academia de Bellas Artes de Viena. A partir de aquel año comenzó a crear cuadros de gran formato. Uno de los momentos más trascendentes en la vida de este notable creador fue el encuentro con el legendario alpinista Reinhold Messner en Meran, Italia (1994). Messner quedó muy impresionado con la sensibilidad que destilaban sus obras. “A lo largo de nuestra vida hemos tenido vivencias parecidas, hemos experimentado emociones tan fuertes, y al parecer tan similares, que han hecho que lleguemos a conocernos”, dijo en la inauguración de una muestra de Ditsch, hace ya más de ocho años.

En 1999 realizó Das Gebirge (La Cordillera), obra que le llevó dos años de trabajo. Además fue nominado para el premio Anton Faistauer. Tiempo después decidió trasladar su atelier a Irlanda.  Actualmente reside en Austria.

En plena crisis de 2001 regresó a Argentina y conoció a uno de los músicos que más lo motivaron en toda su carrera: Charly García.

“Eso fue para mí… algo que me llenó de orgullo. Era consciente de que tuve acceso a él a través de mi pintura y que si no hubiese sido por él como inspirador, tal vez no hubiera llegado a ser tan abierto y tan atrevido con lo que yo hago. Porque no hay que olvidar que lo que yo hice fue un acto subversivo. Era algo que no estaba pensado ni permitido en el ambiente artístico, que yo pintara. Yo estoy fuera de la moda obligada por un sistema comercial”, afirma.



Un camino alternativo

Helmut Ditsch no es un artista convencional. Él logró lo que pocos se animaron a hacer: tener una meta y vivir para alcanzarla sin acobardarse ante la adversidad. Así recuerda sus comienzos: “Estaba contra la corriente, pero no había otro camino. Yo intuía lo que tenía que hacer y me fui fiel a esos sueños, a esa visión. Hubo muy pocos en mi familia que se daban cuenta que yo estaba adelantado al tiempo durante más de una década. Y se entiende hoy recién. Hoy se empieza a entender mi trabajo, pero aunque hoy haya una moda de la pintura realista, sigo estando fuera de eso. Soy atemporal a esos fenómenos”.

Su camino no fue fácil de transitar. Se inclinó por la senda más ríspida e intrincada sin titubear. Siguió su intuición y no se equivocó. A pesar de los obstáculos que debió sortear, jamás se arrepintió de las decisiones que tomó. Tampoco renegó de quienes le dificultaron aún más su recorrido. Él piensa que todo sirve para aprender, que nada sucede en vano.

Siempre se mantuvo fiel a su propia filosofía de vida. No sólo defiende sus ideas con palabras, también con hechos. No simpatiza con el ambiente que se respira en las galerías de arte; prefiere exponer en museos. Siente que en esos ámbitos no se manejan los mismos valores que él sostiene, sino que impera la lógica de mercado: “A mí no me gusta que se aprovechen de los artistas. Me fastidia y lo siento como una gran agresión que no se nos respete como creadores, sino que nos consideran productores de un producto comercial, nada más. Pero lo malo es que no te tratan como cualquier otra empresa. Se trata peor a los artistas que a las prostitutas. El cafisho trata mejor a sus empleadas prostitutas que el galerista a sus artistas. Eso es lo que yo aprendí; esa fue mi experiencia”.

Su espíritu de lucha y entrega le ayuda a sobrellevar los momentos más duros, a no abandonar la pelea cuando el panorama no es favorable: “Durante un largo tiempo le agradecía también a esta gente que me trató así porque pude aprender y no tengo ningún resentimiento. Todo lo contrario. Estoy feliz de haberme topado con esa gente porque me ayudó a ser lo que soy hoy, ¿no?”.

En 2002 finaliza la obra Das Eis und die vergängliche Ewigkeit (El Hielo y la Eternidad Transitoria) para la BIG (Bundesimmobiliengesellscahft), una empresa estatal austríaca y Los Hielos para la agencia de publicidad argentina Agulla & Bacceti.

Al año siguiente realizó un viaje de estudios a los Andes chilenos para la obra Aguas Blancas. Se trata de uno de los cuadros más llamativos, ya que no solo refleja un bellísimo paisaje. Además incluye animales, hecho no muy frecuente en su vasa creación.  Así lo recuerda: “Eso fue un accidente. Me habían hecho el pedido de pintar una estancia. Me fui a buscar el lugar para lo que ellos querían y cuando estoy por hacer las fotos y los bosquejos se llenó todo de vacas. Y las vacas no se iban y ya estaba bajando el sol y tenía que hacer por lo menos una foto para recordar toda la geología. Y bueno… las tuve ahí. Las pude haber sacado. Pero no… Me puse a pensar que si las vacas estaban ahí tenía un sentido que estuvieran. Y las dejé. Rompe un poco el esquema pero, por otro lado, pinto naturaleza y las vacas también son naturaleza”.

En 2005 completó el ciclo “Grandes Temas Naturales” con la obra Das Meer II (El Mar II) y la editorial Prestel editó el primer libro sobre su obra llamado “El triunfo de la naturaleza”.



“El Hielo y la Eternidad Transitoria”

Helmut asocia los hielos con la idea del tiempo. Eso se refleja en los títulos de muchas de sus obras: Time (Tiempo), The last day (El último día), Seven days (Siete días), Das Eis und die vergängliche Ewigkeit (El hielo y la eternidad transitoria). Así explica el por qué de dicha relación: “Los glaciares son como símbolos del tiempo. Es como el tiempo, que en parte es congelado. Miramos hielos que tienen miles de años y no han cambiado desde ese entonces. Por otro lado, es efímero. El tiempo es algo que… se nos va de las manos y lo mismo pasa con el hielo ni bien cambia un poco la temperatura”.


Él es una artista que se desvive por lo que hace; se entrega sin ningún tipo de restricciones. El hecho de pintar lo eleva, lo transporta hacia otra dimensión. No lo hace por hobby, sino que es una necesidad esencial. “Es parecido a ir a la montaña. Cada vez que pinto un cuadro es escalar un ochomil *. Es revivir un montón de cosas lindas. Yo cuando pinto y me encierro me acompañan música constante y los recuerdos. Todos los días. Paso películas de mi vida y de los momentos más felices. Las cosas feas se me olvidan”, confiesa.

Se siente cautivado por la inmensidad y la belleza de la montaña, así como también se deleita reflejando la naturaleza en una gigantesca tela. Son sensaciones que lo llenan de placer y le abren nuevas posibilidades a la hora de expresarse. Así describe el sentimiento que lo invade cuando termina un cuadro: “Me siento libre, satisfecho y con muchas ganas de empezar otra vez algo. Porque la forma en que yo desgasto la energía es… un desgaste por amor. Yo me desgasto en lo que amo. Entonces, el desgastarse en eso es, en realidad, recrear una batería. Cuando ya no tengo más energía pero la invertí con todo mi corazón en muy poco tiempo me recupero completamente”.


Encuentro con el público
 
En 2001 realizó la primera exposición en Argentina, más precisamente en el Museo Nacional de Bellas Artes. Así lo recuerda: “La primera fue valiosísima porque fue por la puerta grande y para el 2001 ese fue el lugar más importante que yo podía obtener”.
La segunda tuvo lugar en la Feria del Libro de Buenos Aires, en 2006. Se trató de un evento importante ya que, por un lado, deseaba reencontrarse con su gente y, además, era su regreso al país luego de cinco años sin exponer.      
En aquella ocasión hizo un balance de su paso por Argentina: “Fue fantástico. Fue una situación que yo intuía que iba a pasar. Este público masivo no lo conocía. Pero yo necesitaba primero darme un baño social por mucho tiempo que estuve encerrado. Después necesitaba otro público que el de los museos. Necesitaba público argentino. Y qué mejor idea que presentarse en la feria. Fue una idea magistral que tuvimos. Y por suerte, la dirección de la feria fue visionaria. Marta Díaz, la directora, cuando vio el libro dijo: “Hay que hacer algo”. No sabían en dónde ni cómo, pero… ella me dio este espacio y es como un homenaje que se me hace. Por eso estoy muy agradecido”.
El pabellón rojo de la feria estaba decorado por cuatro de sus obras que retrataban el mar, el desierto y los glaciares. Ellas eran “El Mar II”, “Point of no return II”, “Los Hielos” y “Cosmigonon”. La multitud se agolpaba frente a sus inmensas creaciones. Nadie permanecía indiferente ante semejante belleza. Todos se detenían a admirar la naturaleza, sorprendidos, maravillados. La frase más escuchada era: “Parece una foto”. El público se veía estupefacto; era como transportarse en el tiempo y el espacio, como estar in situ, ante esos paisajes remotos. Y no es para menos: sus cuadros son el espejo de la naturaleza.


El arte como motor creativo

Sus palabras expresan cierta humildad y, especialmente, una gran pasión por lo que más ama en el mundo: pintar y escalar. Toda su vida fue dedicada a realizar sus deseos más profundos. Desde adolescente soñaba con ascender una gran montaña y logró escalar el Aconcagua; fantaseaba con poder vivir de la pintura y, a pesar de toparse con muchas trabas a lo largo de su carrera, hoy puede decir que es una tarea cumplida. Le gusta exponer sus obras en lugares accesibles a la mayor cantidad de gente posible; disfruta más conectándose con su gente que con los grandes expertos. Es un artista que va contra la corriente y no le teme al qué dirán. Su motor es el arte. Ése es su medio de expresión natural.

Helmut Ditsch sigue fiel a los valores que cultivó desde su infancia y que lo acompañaron durante toda su vida. Gracias a ellos encontró su camino. Él es un caminante tenaz que persigue la belleza incansablemente. Ella es quien lo seduce; no el dinero. Es una persona sencilla, un alma sensible y puede parecer extraordinario… tal vez porque ya no quedan muchos como él en este mundo.
Vale la pena citar por última vez a Reinhold Messner, un entendido que sabe valorar e interpretar la obra de Helmut Ditsch, un artista con todas las letras: “Sólo podemos alcanzar lo trascendental si nos atrevemos a ingresar en los límites del más allá, en el terreno que queda vedado a la racionalidad”. ***








  Helmut con Reinhold Messner


 Helmut con Reinhold  Messner






*Entrevista realizada por Romina Sanchez. Licenciada en Periodismo. Reside en  Neuquén - Patagonia Argentina



 **Referencia a las montañas más elevadas, que superan los ocho mil metros de altura.

***Reinhold Messner pronunció estas palabras con motivo de la inauguración de la exposición ‘Helmut Ditsch’ en la Kunsthalle de Krems el 15 de marzo de 2003.


La pintura es corporal, la arquitectura cerebral. Prefiero la pintura.

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 Escena de caza

Juan Navarro Baldeweg. Arquitecto y pintor
Juan Navarro Baldeweg (Santander, Cantabria, 1939) es un arquitecto, pintor y escultor español. Navarro Baldeweg ha aportado una mirada novedosa a las prácticas constructivas, en las que la obra es entendida como objeto de activación del contexto físico existente.

  • "LA arquitectura es un servicio para nuestras vidas. No deberíamos notarla"
  • "El arquitecto es un receptor de experiencias; el pintor, un actor de las mismas"
  • "La labor creativa por excelencia es hacer cosas invisibles para que algo se haga visible."
  • "Quiero que las personas sientan la luz y el peso, las experiencias fundamentales de la arquitectura."
  • "Carezco de sentido de coherencia total, me gusta lo heterogéneo. En mi obra hay puntos de vista dispares."
  • "No busco originalidad, busco lo que falta. Hay un hambre colectiva que nos impulsa a buscar."

Arte

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                                                               Fotografía: Mirta Eberhardt

"Con la muerte tenemos un solo recurso: hacer arte antes de que llegue"
René Char 

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inhumanamente sensible...!!!

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 Fotografía: M.Eberhardt

La mente verdaderamente creativa en cualquier campo no es más que esto: una criatura humana nacida anormal, inhumanamente sensible. Para ella un toque es un golpe, un sonido es un ruido, un infortunio es una tragedia, una alegría es un éxtasis, un amigo es un amante, un amante es un dios, el fracaso es la muerte. 
Añadan a este delicado y cruel organismo la abrumadora necesidad de crear, crear, crear, de modo que sin la creación de música o poesía o libros o edificios, o algo significativo, su aliento mismo se interrumpa...Deben crear, derramar creación. Por alguna extraña, desconocida urgencia interior, no están realmente vivos, a menos que estén creando.

Pearl Buck

Tiempo de Cosecha - Una cultura que descarta

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Tiempo de Cosecha

 Una cultura que descarta

En los veranos de los valles del norte de la Patagonia, algunas flores tardías de  primavera fructifican con una actitud diferente. Sus frutos toman formas extrañas y sólo adquieren un calibre interesante cuando nadie les presta atención. Y quedan olvidadas. Junto a otras. Junto a todas aquellas otras que intentaron ser perfectas, pero el sol o el viento patagónicos les dejaron heridas estéticamente letales.




En una porción de territorio norpatagónico se dispone de mil metros cúbicos por segundo de agua dulce de deshielo. Regar la tierra y obtener alimentos es posible.

Es entonces cuando toda una región se moviliza y, con una mínima parte del recurso hídrico, produce frutas a escala comercial. Entre ellas, la pera Williams logra constituirse como una variedad emblemática. La profesionalización de la actividad frutícola -homogenización mediante- consigue el mejor producto para los mercados internacionales más exigentes.


No obstante ello, en el mismo espacio físico existen otros fenómenos. La misma tierra, el mismo agua, los mismos perales, producen frutas que no cuentan, que se excluyen (o cuentan para otras cuentas). Se las excluye estando sanas, se las elimina siendo inocuas y se las rechaza teniendo condiciones óptimas para la alimentación humana. La decisión de descartar nace del peritaje estético. Las formas de estos frutos no son aceptadas dentro del perfecto mundo competitivo. Allí no se  toleran los “errores” de la naturaleza.



Son muchas las toneladas de alimento producidas con agua dulce en esta tierra fértil, como miles las toneladas que se olvidan. Y a este olvido también se suma el abandono de una cultura de trabajo, la indiferencia por el desarrollo inclusivo y la apatía ante la alarmante inequidad en la distribución de las riquezas.


Con respeto por todo aquello que desechamos y olvidamos, ofrezco estas imágenes de peras Williams de descarte, en este momento: tiempo de cosecha. Claro está que el criterio para clasificar y descalificar, es el mismo para todas las frutas.


 



Es probable que las personas que entienden sobre la importancia del acceso a la tierra, al agua, al financiamiento, al equipamiento agrícola, a la formación y a la información, y que valoricen el acceso a la toma de decisiones, compartan este homenaje.
En una porción de territorio norpatagónico se dispone de mil metros cúbicos por segundo de agua dulce de deshielo. Regar la tierra y obtener alimentos es posible, sin embargo exige un nuevo abordaje en las formas de producir, de comerciar y de consumir.

Arq. Mirta Eberhardt
(Texto y Fotografía)
myrsine@fibertel.com.ar
(Artículo publicado en la revista Maipué Nº 20)

PERA, categoría "descarte"

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La pera ubicada a la izquierda  pertenece a la categoría "descarte". En el post  anterior se explican los motivos.

Pablo Neruda

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"Primero resistió la tierra"
La tierra combatiente.
Pablo Neruda

María Zambrano

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"Pero si el autor nos regala una obra en espiral entonces hay esperanza todavía, el círculo no la da porque está cerrado para siempre"
María Zambrano

Joan Soler Amigó, Cultura popular tradicional

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" En una sociedad individualista y de masas, necesitamos sentirnos comunidad. Absortos en una cultura del espectáculo, redescubrimos y recreamos la cultura de la fiesta.
En un contexto laico, anhelamos la experiencia del misterio inmanente o trascendente que late en la realidad.
En un universo científico y positivista, buscamos los valores del mito y sus expresiones simbólicas y rituales. 
Proyectados al vecindario universal, buscamos los valores de la identidad del entorno local. 
En una sociedad del conocimiento, reclamamos la dosis conveniente de sentimiento, de irracionalidad, de locura.
En un mundo lanzado al futuro a través de un espiral de cambio e innovación continua, procuramos recobrar el ritmo y un sentido del tiempo perdido y, por ello, añorado, y rescatar valores que guardan una significación que viene de lejos y no querríamos perder."

María Alicia FAVOT (ex-Odiseica) en Buenos Aires.

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La pintura
Una exposición, una experiencia












María Alicia relata la experiencia de su primera muestra en Buenos Aires. María Alicia cuenta:

"La oportunidad de exponer en Buenos Aires, para alguien del interior del país es atrayente y excitante.Es también una experiencia estresante por el hecho de tener que organizar una especie de “mudanza” para que las obras lleguen en buen estado, a tiempo, coordinar con el curador de la galería ciertos aspectos de la exposición como el montaje, elegir las obras que habrán de exponerse entre muchas etc. todo ello sin desatender otras obligaciones propias-como en mi caso- que no me dedico profesionalmente a la actividad artística.
Superados estos avatares, llegado el momento de la inauguración, fue inevitable preguntarme el para que de semejante movida.
La respuesta que encontré es el inmenso e incontrolable deseo de mostrar, exponer mi producción, buena o mala, según el gusto de quien mire, pero ineludiblemente mía. Estar ahí presente en el momento de apertura .El anhelo de saber la reacción que provocaría en otros este pedazo mío volcado en una tela.
Tuve oportunidad de observar estas reacciones:
He reconocido la curiosa necesidad de quienes observan (no solo miran) de que les sea brindada una explicación de la obra que tienen enfrente, ya sea por creer que todo el elemento que contiene un cuadro debe ser explicitado y justificado (el arte como herramienta útil)o para confirmar que lo que interpretan se ajusta a la intención del artista.
Si la razón es la primera, creo conveniente aclarar que lo más significativo de una obra de arte, para mi  es su absoluta inutilidad práctica, no es una herramienta, es un fin en si misma. Su fin último, su esencia es el ser contemplada.
No calma el hambre ni la sed, no mitiga el dolor, no induce al sueño reparador. No es este su cometido, sólo está allí para decirnos algo.
Si está lograda, nos inquieta o nos conmueve, nos produce un intenso placer visual, que no tiene ninguna relación con los conceptos de belleza o fealdad, ni abstracción vs. figuración.
Es entonces, –cuando no nos deja indiferentes-,cuando podemos afirmar que esa obra “tiene algo” valioso. Allí está presente el nexo del que pinta y el que mira. ¿para que vamos a un museo, a una galería de arte? ¿Por qué nos atraen tanto las imágenes, las manchas de colores, la huella de una pincelada?
Es que sabemos que hay otro lenguaje, que es fantástico observar cómo un ser humano “hace” “construye” un imaginario sobre un trozo de papel ,tela o madera y deja su huella.
Cuando se pinta o se dibuja se expone mucho acerca de uno mismo, aún involuntariamente .
Con respecto a esta serie de obras abstractas que presenté, en el linde con lo figurativo, con algunos elementos que traicionan la memoria (me recuerda tal cosa pero no lo es)y algunos elementos que si son reconocibles, he procurado no concebir de antemano ni una sola razón para pintarlas ni ninguna otra para ordenar sus elementos. Si he tenido algún propósito, ese ha sido no tener ninguno. He dejado que fluya la disposición y el espacio se vaya organizando solo. Una mancha llama a otra, un borde define y compite con su vecino, una huella destruye el camino anterior .El método, por así llamarlo, ante la ausencia de reglas, lejos de ser desorientador  y desestructurante , ha resultado para mi, totalmente placentero.
Su resultado podría encuadrarse desde esta perspectiva en el surrealismo, aunque claramente no lo es, al menos en el sentido aceptado visualmente de lo surreal.
No obstante he notado que la gente que observa estas pinturas pregunta el porqué, acerca del origen de las ocurrencias visuales, descubre elementos y  formas que les sugieren sentidos poéticos.
Lo más curioso de esto y lo más emocionante  es que en una gran mayoría cuando me los exponen ,explicando lo que ven y los sentimientos que se despiertan veo una enorme consonancia con aquello que creía bien oculto cuando pintaba. Una sincronía entre mis emociones y las ajenas que interpretan, indagan, la revelación de lo oculto, del espacio ocupado sin distraer el vacío subyacente hacen que esta sea una de las mejores razones para el esfuerzo de mostrar la producción propia. Para mi fue la confirmación de un camino: la pintura es un buen método para conocerse a si mismo y  a través de otros, para compartir un lenguaje y para confirmar una vocación incontenible que no puede vivir en soledad. La pintura nace para ser expuesta. Eso nos hace vulnerables pero felices".


Karla Licano - Hija del desierto

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hija del desierto

Te llevaré en la piel todos mis días, aun cuando me acaricie otra arena. Repelerá su marea cada una de mis venas y desértica me llamarán.

Te llevaré como una maldición, como la espina de tu estirpe, como la ponzoña de tu nido, como la mordida del cascabel de tu lengua.

Te llevaré conmigo desierto de amor-odio y todos sabrán que soy de ti, se me notará en los labios y el andar, en la fuerza con la que he de levantar el rostro entre la lluvia que para mí es sequia, y tendré el coraje de tu espacio, la agresividad del que te ha habitado desde la antiguedad, perseveraré en este mundo como tú, a pesar de todo y contra todos.

Sobreviviré sin tu magia pero me llevaré un poco de tu misticidad en la mirada, sabrán que soy de tu norte, con tu férrea necedad, porque la muerte y la vida sabré dar.

El sol me quemará como en tu día y el frío de tus noches me perseguirá. Viviré con la luna de tu niebla, y será la misma luz lunar, que esté donde esté bajará a acariciarme.

Te llevaré en la mente, en la piel y el corazón, como hija del desierto que he sido, que soy.

Karla Licano

http://karlalicano.blogspot.com/

Juan Pablo Ringuelheim

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El astronauta posthumanista

Una nota sobre Peter Sloterdijk

Juan Pablo Ringelheim

El lunes 21 de marzo de 2005, en Tolouse, la Unión Espacial Europea comenzó a implementar un experimento con doce mujeres. Estarían sometidas a posición horizontal durante sesenta días para comprobar los efectos que una exposición prolongada a la ingravidez pueden tener sobre el cuerpo y la psiquis humana . Las mujeres estarían en posición de “reposo”, se dijo, con la cabeza levemente inclinada por debajo del nivel de los pies. Recibirían una remuneración de 15.200 euros por someterse al experimento. Se las convocó mediante una solicitud en Internet, y con claras condiciones en el formulario, al que respondieron más de 1.600 voluntarias. Quedaron seleccionadas doce para esta primera campaña. El experimento tendría por objetivo extraer conclusiones sobre los cambios que en largos períodos de ingravidez puede haber en el sistema muscular, cardiovascular, inmunológico y psicológico, con el objeto de preparar el cuerpo humano para próximas expediciones prolongadas a estaciones espaciales o viajes a la Luna o Marte.
Fuente: revista-artefacto

Oliverio Girondo

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Veinte motivos para leer a Oliverio Girondo


 Por Juan Sasturain (diario P12)

Cinco por la negativa: las carencias

Uno. No saber quién es. Es el mejor motivo y el que a él más le hubiera gustado. Enterarse de que es –para muchos– el mejor poeta argentino del siglo XX es un dato que puede despertar al menos la curiosidad, primer paso hacia la posibilidad de tener una aventura; quiero decir: una experiencia que nos cambie la vida. Conocer a Girondo vale la pena precisamente por eso: te deja diferente de cómo te encontró.
Dos. No haberlo leído. Es una suerte, como no haber leído todavía a Pessoa o a Pound. O no haber ido a China o no conocer Africa. Se te abre un mundo desconocido, una puerta. A mí me pasó cuando tenía algo más de veinte, en la segunda mitad de los ‘60, y el Centro Editor lo reeditó en una colección barata y popular. Después encontré la edición de Losada de Persuasión de los días, de 1942, en Fray Mocho. Es lo que más me gusta de él. La tengo todavía.
Tres. No leer poesía en general. Oliverio está especialmente indicado para los prejuiciosos o escaldados por algún contacto negativo con textos poéticos que les provocaron desconcierto/rechazo/alergia/fastidio. Girondo se entiende y se disfruta. No necesita exégetas ni mediadores letrados (que los hay, casi en exceso). Jamás un libro suyo se te cae de la mano. Reconcilia con la poesía.
Cuatro. Estar amargado / estar engrupido. La lectura de Girondo (como la de Drummond de Andrade, por ejemplo) vacuna contra la estupidez de la queja sistemática y/o la autosatisfacción del acomodado en su molde comprado a plazos. Ni la hipocresía ni la autoconmiseración.
Cinco. Querer amasijarse / ser un boludo alegre. Incluso en sus momentos más jodones y festivos, Girondo habla en serio: nunca es solemne; y en los momentos de mayor desesperación –que los tiene– tiene la humildad de admirar el Misterio de lo dado y reconocer el Error, la soberbia pretensión manipuladora de saberes e instituciones (incluso el mismísimo lenguaje). Por eso nunca es patético. Te cura de la soberbia elocuente (regodeo en el sinsentido) y de la ignorante (hacerse el boludo).

Cinco por la positiva: los libros

Seis. Veinte poemas para ser leídos en el tranvía (1922) y Calcomanías (1925). Su primer libro, desprejuiciado fundador de la vanguardia argentina de los ‘20, son viñetas, croquis, apuntes tomados al paso de Mar del Plata a Venecia, de Buenos Aires y Río de Janeiro a Venecia. Ahí está el “Exvoto”: “Las chicas de Flores se pasean tomadas de los brazos para transmitirse los estremecimientos, y si alguien las mira en las pupilas, aprietan las piernas del miedo de que el sexo se les caiga en la vereda”. Famoso. El segundo salió en España, con dibujos suyos. “Calle de las sierpes”, Sevilla, 1923: “Cada doscientos cuarenta y siete hombres / trescientos doce curas / y doscientos noventa y tres soldados / pasa una mujer”.
Siete. Espantapájaros (1932). El primero editado en Buenos Aires, y el más perfecto hasta entonces. Dos docenas de breves prosas inolvidables, algunas inquilinas habituales de toda antología: las setenta y dos acciones amorosas del texto 12. “Se miran se presienten se desean / se acarician se besan se desnudan / se respiran se acuestan se olfatean”. Las maravillosas maldiciones del 21: “Que te enamores tan locamente de una caja de hierro que no puedas dejar, ni un momento, de lamerle la cerradura”. Qué bárbaro.
Ocho. Persuasión de los días (1942). Son poemas existenciales, si cabe; la pura intemperie espiritual sin ningún tipo de franela compensatoria. “Dicotomía incruenta”: “Siempre llega mi mano / más tarde que otra mano que se mezcla a la mía / y forman una mano (...) Por eso es muy posible que no acuda a mi entierro / y mientras me riegan de lugares comunes / yo me encuentre en la tumba / vestido de esqueleto / bostezando los tópicos y los llantos fingidos”.
Nueve. Campo nuestro (1946). Ya a fines del ’30 había vuelto –con la crisis, con la guerra, con el desastre europeo– a mirar para adentro, a reflexionar sobre la cuestión nacional: la cultura, la economía, incluso el paisaje. Hay varias versiones, hasta el cincuenta, de sus poemas a la (redescubierta) pampa primordial, vaca madre, plana nada elocuente. Es el Girondo menos conocido y manipulable.
Diez. En la masmédula (1956). Es el final, el salto en el vacío experimental, la ruptura de las palabras y de la sintaxis, la busca absoluta. Es el Girondo que seduce a surrealistas tardíos (Molina) y marca el camino de la puesta en tensión extrema del instrumento que empujará a la larga a algunos de los mejores, como Lamborghini, a sus propios confines. “El puro no”: “El no / el no inóvulo / el no nonato / el noo (...) / el macro no ni polvo / el no más nada todo / el puro no / sin no”. Apaga y vámonos.

Cinco por cuestión de salud

Once. Saber reír. Con Girondo, el humor irrumpe en la poesía argentina como un pedo en misa, un chiste verde en un velorio, un codazo en un desfile. Se da y concede permisos. Del humor ingenioso –que comparte con Ramón Gómez de la Serna, por ejemplo– saltará al humor negro y escatológico. No es un adorno, ni un chiste. Es una manera (la única digna) de mirar el mundo.
Doce. Cagarse en (casi) todo. La irreverencia (“¡Se celebra el adulterio de la Virgen María con la Paloma Sacra!”, de “Verona”) y la provocación iconoclasta que picotea los bordes de los tabúes con ingenio y desparpajo tienen una violencia corrosiva inusitada. Espantapájaros, por ejemplo, no es sólo una provocación sino un libro memorable, único para su época y para nuestra cultura.
Trece. Saber enojarse. Girondo no es un ruidoso payaso oportunista íntimamente integrado sino un observador feroz de la sociedad y las costumbres perversas de su tiempo. “Lo que esperamos”: “Yo sé que todavía / los émbolos / la usura / el sudor / las bobinas / seguirán produciendo / al por mayor / en serie / iniquidad / ayuno / rencor / desesperanza / para que las lombrices con huecos portasenos / las vacas de embajada / los viejos paquidermos de esfínteres crinudos / se sacien de adulterios / de hastío / de diamantes / de caviar / de remedios”.
Catorce. Celebrar la vida. Porque a la hora de reconciliarse con el mundo, ya despojado del “miasma” del comercio humano, a contrapelo de una “civilización” descaminada, Girondo descubre –y sabe revelar para nosotros– el soberano estupor ante lo natural visto con mirada adánica. “Inagotable asombro”: “Este perro / este perro / ¡Indescriptible! / ¡Unico! / (...) Cotidiano, inaudito / que demuestra el milagro / que me acerca al Misterio / que dan ganas de hincarse / de romper una silla”.
Quince. Angustiarse en serio. Pocas veces en la poesía contemporánea –en la latinoamericana, sólo en Vallejo– la expresión de la angustia ante las cuestiones de sentido que atraviesan al poeta en vida y muerte, alcanza la radicalidad –sin clichés ni recetas verbales o existenciales– del último Girondo. En la masmédula es, como sucede con un solo de Parker, un gesto definitivo e irreductible.

Y cinco porque sí

Dieciséis. El nombre que le pusieron. Llamarse así no suele ser gratis. Qué hace alguien que se llama así. Y de chiquito. Hay que bancársela. Creo que en su caso fue un estímulo: debió estar a la altura, con ese nombre de payaso, equilibrista o político radical al estilo Crisólogo Larralde. Toda su obra es un comentario, una prolongada digresión tragicómica a partir de su nombre.
Diecisiete. La cara que tenía. También tuvo que hacer algo con la cara, remontarla. En eso, como Macedonio (otro que vino con un plus nominativo), ganó cara y equívoca venerabilidad con el tiempo. Era de ojos saltones, dientudo y con mentón fugitivo: las caricaturas de la época son alevosas. La barba lo disfrazó, pero operando al revés de las caretas: lo puso grave, reservando la gracia y la ironía para los ojos.
Dieciocho. Las cosas que hacía. Las jodas famosas, la prolongada estudiantina, su espíritu juguetón, iconoclasta. El memorable lanzamiento por calle Florida, en coche fúnebre, de Espantapájaros, con el muñeco de la tapa, dibujado por Bonomi, convertido en escultura de papel maché, y con chicas vendiendo el libro.
Diecinueve. La mujer con la que se casó. Un hombre también se justifica/explica por las mujeres que amó y lo amaron. Oliverio conoció a la brillante colorada Norah Lange en 1926 y se casaron en el ‘43. Fue su mujer, su amiga, su cómplice talentosa. La oradora de banquetes que supo reunir en Estimados congéneres, la memoriosa de Cuadernos de infancia, la novelista de Personas en la sala.
Veinte. Las fechas del almanaque. Acaso sea un pretexto que hoy, 24 de enero, se cumplan 44 años de la muerte de Oliverio, en el verano de 1967. Norah lo sobrevivió sólo cinco más. El otro pretexto que nos da el almanaque para leer a Girondo es que este año, el 17 de agosto, se cumplen 120 de su nacimiento en 1891. A ver si nos acordamos.

.¡..embarazada de mitos......!!

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El triunfo del sentido común

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El triunfo del sentido común

Hace medio siglo se publicaba La muerte y la vida de las grandes ciudades, la obra de Jane Jacobs que cambió el concepto de ciudad y de urbanismo, introduciendo la visión del que la habita, combatiendo las teorías y levantando la exigencia a los funcionarios.


 Por Sergio Kiernan
Fue la más feroz, eficiente e influyente crítica del planeamiento urbano en Estados Unidos, la creadora de un nuevo paradigma. Y era una mujer diminuta, amable, bastante idealista, estupenda escritora y universitaria con curso incompleto. Jane Jacobs introdujo en la crítica a las ciudades algo que faltaba hacía rato: el sentido común de los que viven en esas ciudades y son sus dueños. Y le bastó apenas un libro, La muerte y la vida de las grandes ciudades, para dejar como pajarones a los que siguen diciendo que los que no son arquitectos tienen que aceptar y callarse las modas de los profesionales. De un plumazo, de un librazo, Jacobs demostró qué presumido y vacío es ese slogan. Este año se cumplen cincuenta de la publicación de su primera y más famosa obra, algo que será festejado en todas las latitudes donde se piensan las ciudades.
Jacobs nació en 1916 en la ciudad minera de Scranton, en Pennsylvania, hija de un médico con una buena y próspera práctica en ese lugar de accidentes y huelgas duras. Pero la joven Butzner se aburría y apenas terminó la secundaria se tomó el tren a la gran ciudad: Nueva York se ganaba una vecina que daría que hablar.
Era la Gran Depresión y la joven Jane no tenía más que trabajos ocasionales, boyando entre el periodismo free-lance y la taquigrafía por horas. En esos años de monedero flaco se acostumbró a caminar y caminar, pasando los días libres usando y observando la ciudad, tratando de entender por qué algunas zonas funcionaban y otras no. A la vez hacía cursos sueltos de sociología y de física, su otro gran amor, en la Universidad de Columbia.
Durante la guerra pasan dos cosas que formarían su carrera. Una es que comenzó a trabajar regularmente en la prestigiosa revista Architectural Forum, donde gradualmente se especializó en urbanismo. La otra es que conoció al arquitecto Robert Jacobs, se casó y se mudó a Greenwich Village, que todavía no era un barrio bohemio y mantenía la mezcla de clases sociales, de fábricas pequeñas, talleres y residencias, que caracterizaba a la mitad inferior de la isla de Manhattan.
La segunda cosa que pasó fue que el gobierno de Nueva York descubrió el planeamiento urbano moderno en la persona de Robert Moses, el asesor del mítico intendente Fiorello La Guardia. Moses se las arregló para destruir buena parte de la escala del viejo Nueva York, construyendo torres, autopistas y túneles con fondos federales. Para los ’50, con sus hijos pequeños y ya afirmada como crítica de temas urbanos, Jacobs peleaba con Moses a cara cerrada y en términos cada vez más amplios. Es en ese momento en que comienza a trabajar en su libro, publicado en 1961.
La definición de la obra es tajante y está en el primer párrafo del primer capítulo: “Este libro es un ataque al actual planeamiento y reconstrucción urbanos. Es también, y principalmente, un intento de presentar nuevos principios de planeamiento y renovación, diferentes y hasta opuestos a los que se enseñan hoy en todas partes, de las escuelas de arquitectura a los suplementos dominicales y las revistas femeninas. Mi ataque no se basa en detalles sobre métodos de renovación o en bizantinismos sobre modas en diseño. Es, en realidad, un ataque a los principios y objetivos que han formado el planeamiento y la renovación ortodoxos de la modernidad”.
La verdadera polémica y lo que hizo de La muerte y la vida de las grandes ciudades un clásico y un texto básico es su profundo ataque a la teorización rampante. Jacobs observa la ciudad real, viendo qué funciona y qué no, y por qué. Su punto de vista es el de la vereda, el del usuario, el que vive y trabaja en el tejido urbano, el que cría niños y usa los parques, el que va trabajar y considera esa criatura original llamada ciudad su hogar y ecología naturales. Esta ciudad tiene un nivel de realismo material y es una ciudad que debe ser respetado. Jacobs no tiene demasiado uso para el esteticismo de la City Beautiful, pero lo considera parte de la ciudad por su énfasis en los parques, en el ornamento público y la calidad de los edificios. La pelea empieza con los racionalismos diversos y en particular con las teorías que consideran superior el suburbio, el barrio parque y la baja densidad. Y la pelea se agrava con el adorado Le Corbusier, a quien Jacobs considera frescamente un desubicado, y con el planeamiento moderno de autopistas y torres aisladas de su entorno.
En contraposición a renders y ciudades radiantes, Jacobs arranca desde la vereda, literalmente. El primer capítulo de su libro se titula “La particular naturaleza de las ciudades” y tiene tres secciones dedicadas a los usos de las veredas: seguridad, contacto y la asimilación de los chicos. Lo que plantea la autora es que un barrio funcionando debidamente, con la debida mezcla de usos y personas, es capaz de contener y proteger a quienes pasan por allí, sean vecinos o ajenos. Esto se explica con ejemplos muy concretos de accidentes y problemas atendidos por vecinos, de esquinas que dan miedo y esquinas donde se espera el colectivo en paz. También se habla en los mismos términos de chicos jugando en la vereda y siendo “educados” por la comunidad, y de la vereda como espacio de contacto social entre desconocidos y personas muy diferentes, que agudamente es definida como la función más importante de las ciudades.
Lo mismo se aplica a los parques, a los monoblocks, a las avenidas comerciales: razones concretas para éxitos o fracasos concretos. Jacobs hasta explica, con tanta caminata, por qué las cuadras cortas son mejores que las largas, cómo es suicida destruir el patrimonio edificado y cuánto daño hacen los autos a los barrios. El centro exacto de su utopía urbana es la diversidad, de usos y de gentes, y asumir que la función principal de una ciudad es crear contactos. Uno de sus capítulos más brillantes e influyentes es el que estudia los monobloques construidos por Moses como solución para los problemas sociales. Moses masacró barrios enteros de Nueva York, cuadras y cuadras de edificios pequeños y en mal estado donde se vivía mal y se exhibían las patologías de la vida urbana. El reemplazo fueron hectáreas de césped con bloques de departamentos aislados en sus plazas, con centros urbanos en los grandes patios internos formados por cuatro o más bloques. El resultado fue una patología urbana aún mayor, por la pérdida de todo sentido de comunidad. Los habitantes de estos edificios se vieron físicamente separados de sus vecinos, en un diseño que hacía que los transeúntes literalmente cruzaran la calle y caminaran por el otro borde, el que mantenía la normalidad de edificios variados, comercios y la línea municipal continua. Harlem quedó marcada por décadas por estos experimentos en ingeniería social.
Leída en la Argentina medio siglo después, la obra de Jacobs es un arsenal de ideas y de explicaciones contra la presunción de los teóricos y de los vagonetas en función. La pena es que su obra sea casi inaccesible entre nosotros: su libro mayor se editó en España en 1967 y se reeditó en 1973, y su segunda obra sobre urbanismo, La economía de las ciudades, se editó en 1971 por única vez. Las copias son casi inhallables y la que existe en la biblioteca de la Sociedad Central de Arquitectos no se consulta desde los ‘90. Jacobs vive en castellano en Internet y en los apuntes de ciertos profesores que les dan a sus estudiantes una salida a la ortodoxia. Lo curioso del asunto es que cada vez que se hace una audiencia pública y los vecinos explican su oposición a la última genialidad municipal, los argumentos parecen salidos de las páginas de Jacobs...
Jane Jacobs murió en Canadá en 2006, diminuta y con noventa años. Hay un premio que lleva su nombre y no es para arquitectos ni urbanistas: se lo dan sus seguidores a algún civil que haga algo por su comunidad y su barrio. Entre los ganadores figuró un almacenero que se dedicó a limpiar su esquina de vendedores de droga para que los chicos pudieran jugar ahí otra vez.
Fuente: diario P12