Obra de imaginación.

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El desierto invita a la conquista, al errar, al refugio solitario, al peregrinaje místico, y cada una de estas vías abre la puerta a paisajes imaginarios, a geografías simbólicas, que devienen algo más que soportes a nuestro modo de vida, a nuestros modos de ser. Nuestras imágenes del desierto no son construcciones gratuitas o estéticas, son mediaciones existenciales que inauguran lazos al sí y al mundo, incluso al Ser; la imaginación a la conquista de un absoluto tiene necesidad de paisajes y los paisajes no viven para nosotros más que a través de ritos iniciáticos que permiten darles sentido. El imaginario del desierto y, por tanto de la naturaleza, aparece como un tertium quid, que, por un lado, se apoya en la inmovilidad de los zócalos geológicos acumulados por la historia del mundo y, por el otro, toma fundamento en el rico espesor de nuestras imágenes interiores, que estructuran nuestro ser. [...] Se confirma que la imaginación del espacio es potencialmente creadora de sentido. No sólo de obras salidas del genio creador de algunas imaginaciones sobreactivas, sino incluso creadoras " a ras de tierra" por decir así, de lo que funda nuestra relación inmediata, vivida, pre-flexiva del mundo, rostros de la tierra que ocupamos o paisajes que atravesamos. Sentirse en armonía con un lugar o, inversamente, sentir su opresión, sobre las rutas del mundo o en un refugio solitario, enfatiza una obra de imaginación, una metamorfosis de las formas en el espacio donde se enredan lo objetivo y lo subjetivo, lo físico y lo psíquico. Y es,tal vez, de esa alquimia, de esa lente descubridora de potencias imaginales donde pueden surgir las condiciones de un equilibrio ecológico, de una felicidad de habitar el espacio.
Jean Jacques Wunenburger. La vida de las imágenes.