.¡..embarazada de mitos......!!

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El triunfo del sentido común

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El triunfo del sentido común

Hace medio siglo se publicaba La muerte y la vida de las grandes ciudades, la obra de Jane Jacobs que cambió el concepto de ciudad y de urbanismo, introduciendo la visión del que la habita, combatiendo las teorías y levantando la exigencia a los funcionarios.


 Por Sergio Kiernan
Fue la más feroz, eficiente e influyente crítica del planeamiento urbano en Estados Unidos, la creadora de un nuevo paradigma. Y era una mujer diminuta, amable, bastante idealista, estupenda escritora y universitaria con curso incompleto. Jane Jacobs introdujo en la crítica a las ciudades algo que faltaba hacía rato: el sentido común de los que viven en esas ciudades y son sus dueños. Y le bastó apenas un libro, La muerte y la vida de las grandes ciudades, para dejar como pajarones a los que siguen diciendo que los que no son arquitectos tienen que aceptar y callarse las modas de los profesionales. De un plumazo, de un librazo, Jacobs demostró qué presumido y vacío es ese slogan. Este año se cumplen cincuenta de la publicación de su primera y más famosa obra, algo que será festejado en todas las latitudes donde se piensan las ciudades.
Jacobs nació en 1916 en la ciudad minera de Scranton, en Pennsylvania, hija de un médico con una buena y próspera práctica en ese lugar de accidentes y huelgas duras. Pero la joven Butzner se aburría y apenas terminó la secundaria se tomó el tren a la gran ciudad: Nueva York se ganaba una vecina que daría que hablar.
Era la Gran Depresión y la joven Jane no tenía más que trabajos ocasionales, boyando entre el periodismo free-lance y la taquigrafía por horas. En esos años de monedero flaco se acostumbró a caminar y caminar, pasando los días libres usando y observando la ciudad, tratando de entender por qué algunas zonas funcionaban y otras no. A la vez hacía cursos sueltos de sociología y de física, su otro gran amor, en la Universidad de Columbia.
Durante la guerra pasan dos cosas que formarían su carrera. Una es que comenzó a trabajar regularmente en la prestigiosa revista Architectural Forum, donde gradualmente se especializó en urbanismo. La otra es que conoció al arquitecto Robert Jacobs, se casó y se mudó a Greenwich Village, que todavía no era un barrio bohemio y mantenía la mezcla de clases sociales, de fábricas pequeñas, talleres y residencias, que caracterizaba a la mitad inferior de la isla de Manhattan.
La segunda cosa que pasó fue que el gobierno de Nueva York descubrió el planeamiento urbano moderno en la persona de Robert Moses, el asesor del mítico intendente Fiorello La Guardia. Moses se las arregló para destruir buena parte de la escala del viejo Nueva York, construyendo torres, autopistas y túneles con fondos federales. Para los ’50, con sus hijos pequeños y ya afirmada como crítica de temas urbanos, Jacobs peleaba con Moses a cara cerrada y en términos cada vez más amplios. Es en ese momento en que comienza a trabajar en su libro, publicado en 1961.
La definición de la obra es tajante y está en el primer párrafo del primer capítulo: “Este libro es un ataque al actual planeamiento y reconstrucción urbanos. Es también, y principalmente, un intento de presentar nuevos principios de planeamiento y renovación, diferentes y hasta opuestos a los que se enseñan hoy en todas partes, de las escuelas de arquitectura a los suplementos dominicales y las revistas femeninas. Mi ataque no se basa en detalles sobre métodos de renovación o en bizantinismos sobre modas en diseño. Es, en realidad, un ataque a los principios y objetivos que han formado el planeamiento y la renovación ortodoxos de la modernidad”.
La verdadera polémica y lo que hizo de La muerte y la vida de las grandes ciudades un clásico y un texto básico es su profundo ataque a la teorización rampante. Jacobs observa la ciudad real, viendo qué funciona y qué no, y por qué. Su punto de vista es el de la vereda, el del usuario, el que vive y trabaja en el tejido urbano, el que cría niños y usa los parques, el que va trabajar y considera esa criatura original llamada ciudad su hogar y ecología naturales. Esta ciudad tiene un nivel de realismo material y es una ciudad que debe ser respetado. Jacobs no tiene demasiado uso para el esteticismo de la City Beautiful, pero lo considera parte de la ciudad por su énfasis en los parques, en el ornamento público y la calidad de los edificios. La pelea empieza con los racionalismos diversos y en particular con las teorías que consideran superior el suburbio, el barrio parque y la baja densidad. Y la pelea se agrava con el adorado Le Corbusier, a quien Jacobs considera frescamente un desubicado, y con el planeamiento moderno de autopistas y torres aisladas de su entorno.
En contraposición a renders y ciudades radiantes, Jacobs arranca desde la vereda, literalmente. El primer capítulo de su libro se titula “La particular naturaleza de las ciudades” y tiene tres secciones dedicadas a los usos de las veredas: seguridad, contacto y la asimilación de los chicos. Lo que plantea la autora es que un barrio funcionando debidamente, con la debida mezcla de usos y personas, es capaz de contener y proteger a quienes pasan por allí, sean vecinos o ajenos. Esto se explica con ejemplos muy concretos de accidentes y problemas atendidos por vecinos, de esquinas que dan miedo y esquinas donde se espera el colectivo en paz. También se habla en los mismos términos de chicos jugando en la vereda y siendo “educados” por la comunidad, y de la vereda como espacio de contacto social entre desconocidos y personas muy diferentes, que agudamente es definida como la función más importante de las ciudades.
Lo mismo se aplica a los parques, a los monoblocks, a las avenidas comerciales: razones concretas para éxitos o fracasos concretos. Jacobs hasta explica, con tanta caminata, por qué las cuadras cortas son mejores que las largas, cómo es suicida destruir el patrimonio edificado y cuánto daño hacen los autos a los barrios. El centro exacto de su utopía urbana es la diversidad, de usos y de gentes, y asumir que la función principal de una ciudad es crear contactos. Uno de sus capítulos más brillantes e influyentes es el que estudia los monobloques construidos por Moses como solución para los problemas sociales. Moses masacró barrios enteros de Nueva York, cuadras y cuadras de edificios pequeños y en mal estado donde se vivía mal y se exhibían las patologías de la vida urbana. El reemplazo fueron hectáreas de césped con bloques de departamentos aislados en sus plazas, con centros urbanos en los grandes patios internos formados por cuatro o más bloques. El resultado fue una patología urbana aún mayor, por la pérdida de todo sentido de comunidad. Los habitantes de estos edificios se vieron físicamente separados de sus vecinos, en un diseño que hacía que los transeúntes literalmente cruzaran la calle y caminaran por el otro borde, el que mantenía la normalidad de edificios variados, comercios y la línea municipal continua. Harlem quedó marcada por décadas por estos experimentos en ingeniería social.
Leída en la Argentina medio siglo después, la obra de Jacobs es un arsenal de ideas y de explicaciones contra la presunción de los teóricos y de los vagonetas en función. La pena es que su obra sea casi inaccesible entre nosotros: su libro mayor se editó en España en 1967 y se reeditó en 1973, y su segunda obra sobre urbanismo, La economía de las ciudades, se editó en 1971 por única vez. Las copias son casi inhallables y la que existe en la biblioteca de la Sociedad Central de Arquitectos no se consulta desde los ‘90. Jacobs vive en castellano en Internet y en los apuntes de ciertos profesores que les dan a sus estudiantes una salida a la ortodoxia. Lo curioso del asunto es que cada vez que se hace una audiencia pública y los vecinos explican su oposición a la última genialidad municipal, los argumentos parecen salidos de las páginas de Jacobs...
Jane Jacobs murió en Canadá en 2006, diminuta y con noventa años. Hay un premio que lleva su nombre y no es para arquitectos ni urbanistas: se lo dan sus seguidores a algún civil que haga algo por su comunidad y su barrio. Entre los ganadores figuró un almacenero que se dedicó a limpiar su esquina de vendedores de droga para que los chicos pudieran jugar ahí otra vez.
Fuente: diario P12

La crisis capitalista también es de urbanización

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“La crisis capitalista también es de urbanización”

 Por Natalia Aruguete

ENTREVISTA EXCLUSIVA al prestigioso geógrafo británico David Harvey
David Harvey es un geógrafo británico de reconocimiento internacional. Estudió la relación de las crisis urbanas y las financieras. Dice que la sucesión de debacles en el sistema está provocada por una fiebre de la construcción, que a la vez provoca crisis en el capitalismo en su actual etapa hegemonizada por las finanzas. Sostiene que existe una estrecha relación entre urbanización y formación de las crisis. Además de Estados Unidos con la debacle de la subprime, pone como ejemplo a Grecia y España. Asegura que parte de la explicación de la crisis en esos países se vincula a malas inversiones en infraestructura.

Por Natalia Aruguete

Mientras algunos expertos se esmeran en alegar que la actual es una crisis de las hipotecas subprime o el estallido de un capitalismo que se ha financiarizado, David Harvey prefiere hablar de “crisis urbanas”, provocadas por una fiebre de la construcción “sin importar qué”. Autor de Breve historia del neoliberalismo, Harvey no sólo acusa a la desregulación del sector financiero como uno de los factores que llevaron al descalabro actual, sino que advierte que la supremacía del capital concentrado sobre las decisiones políticas seguirá siendo un impedimento para salir de la crisis. En su paso por Buenos Aires, invitado por el Cemop, el geógrafo británico dialogó con Cash sobre las transformaciones del mercado inmobiliario en las últimas décadas, la orientación que tuvo la inversión en infraestructura y la consecuente “acumulación por desposesión”. Frente a un modelo que no es sustentable, Harvey propuso pensar “un nuevo tipo de urbanización”.

Desde su perspectiva como geógrafo, ¿qué conexiones encuentra entre urbanización y esta crisis?
–Una de las cosas que me gustaría enfatizar es la relación entre urbanización y formación de la crisis. En las décadas del ‘50 y ‘60, el capitalismo se estabilizó con una forma de masiva suburbanización: caminos, autos, un estilo de vida. Una de las preguntas es si son sostenibles a largo plazo. En el sur de California y Florida, que son epicentros de la crisis, estamos viendo que este modelo de suburbanización no sirve más. Algunos quieren hablar de las crisis subprime, yo quiero hablar de las crisis urbanas.

¿Qué piensa de las crisis urbanas?
–En la década del ‘80 se pensaba que Japón era una potencia y se cayó en los años ‘90 por la crisis de los precios de la tierra. Desde entonces, no se recuperó más. También existe una preocupación en Estados Unidos de que la crisis inmobiliaria impida la recuperación, pese a los intentos que se hacen. Otra cuestión es que la forma de uso intensivo de la energía requería muchas extensiones de terreno y creaba un estilo de vida de lugares dispersos. Esto está planteando, justamente, un nuevo tipo de urbanización. Lo llamativo es que China está copiando a Estados Unidos, lo que es muy tonto. Uno observa que no es sustentable bajo la crisis ambiental. Existe una alta conexión entre desarrollo capitalista, crisis capitalista y urbanización.

¿En qué medida influyó la transformación del mercado inmobiliario en la crisis de la urbanización?
–¿Dónde puso la gente rica su dinero en los últimos 30 años? Hasta los ‘80, poner dinero en la producción daba más dinero que ponerlo en el negocio inmobiliario. A partir de allí empezó a pensarse dónde poner el dinero para que dé una tasa de retorno más alta. Los mercados inmobiliarios y de la tierra son muy interesantes: si yo invierto, el precio sube, como el precio sube, más gente invierte, entonces sigue subiendo el precio. A mediados de la década del ‘70, en Manhattan (Nueva York), se podía vender por 200.000 dólares un tipo de edificio que ahora cuesta dos millones de dólares. Desde entonces, hubo burbujas de distintos tipos, que se van reventado una a una. Los mercados bursátiles se volvieron locos en los años ‘90. Si uno observa la participación de los distintos sectores en el producto bruto interno de los Estados Unidos, en 1994, el mercado accionario tenía una participación del 50 por ciento en el PBI. En el 2000 subió a un 120 por ciento y empezó a caer con la “crisis puntocom”. Mientras que la participación del mercado inmobiliario en el PBI empezó a crecer, y pasó del 90 al 130 por ciento en el mismo período.

¿Qué opina sobre la orientación que tuvo la inversión en infraestructura en las últimas décadas?
–El capitalismo no puede funcionar sin su infraestructura típica: carreteras, puertos y vías, edificios y fábricas. La gran pregunta es cómo se construyen estas infraestructuras y en qué medida contribuyen a la productividad en el futuro. En Estados Unidos se habla mucho de puentes que van a ninguna parte. Hay intereses muy grandes de los lobbistas de la construcción que quieren construir sin importar qué. Pueden corromper gobiernos para hacer obras que no van a ser de uso para nada.

Un ejemplo de lo que describe es lo que sucedió en España, con el boom de la construcción.
–Una parte de la explicación de la crisis en Grecia y España puede vincularse con estas malas inversiones en infraestructura. Grecia es también un caso típico con los Juegos Olímpicos, grandes obras de infraestructura que ahora no se usan. En los años ‘50 y ‘60, la red de caminos y autopistas, en Estados Unidos, fue muy importante para el mejoramiento de la productividad. Algo similar se observa actualmente en China, con caminos, ferrocarriles y nuevas ciudades, que en los próximos años van a tener un alto impacto en la productividad.

¿Cree qué China está enfrentando la crisis de manera distinta de Estados Unidos?
–Tiene mejores condiciones que otros países, sobre todo porque cuenta con grandes reservas de divisas. Estados Unidos tiene un gran déficit y China, un gran superávit. El otro problema en Estados Unidos es político.

¿Cuáles son los factores políticos que dificultan salir de la crisis?
–Quien intenta construir obras de infraestructura útiles es acusado inmediatamente de “socialista”, que es lo que está sufriendo Barack Obama. En China eso no importa porque tienen otras condiciones políticas. El gobierno en China es autoritario y puede poner las cosas en su lugar. En el caso del Congreso norteamericano está dominado por grupos republicanos y demócratas que manejan intereses económicos y las condiciones para tomar decisiones son otras.

Se deduce una diferencia en la relación entre el poder político y el poder económico en estos países.
–En China, por efecto de la crisis americana, la respuesta fue hacer grandes proyectos de infraestructura de inmediato. Además, el gobierno centralizado de China tiene enorme poder sobre los bancos. Dio la orden: “Den préstamos para estas obras a gobiernos municipales y a los privados que estaban haciéndolas”. El gobierno central de los Estados Unidos no puede hacer eso. Se mantiene diciéndoles a los bancos: “Presten” y los bancos dicen: “No”. China está creciendo a ritmos del 10 por ciento después de la crisis y Estados Unidos está por el piso.

¿Cuáles son las fallas institucionales que han llevado a esta crisis?
–Desde la década del ‘70 hubo una idea dominante de que la respuesta era privatizar. Hay muchas alternativas para que el sector público provea mejores servicios que el sector privado.

¿Cree que esta concepción también penetró en el sistema financiero?
–En Estados Unidos, en la década del ‘30, los bancos de inversión estaban separados de los bancos comerciales. En los últimos años se permitió que se unieran. Es un caso de cambio regulatorio, donde el Estado se retira del control.

¿Cómo evalúa el tipo de regulaciones que se propusieron implementar a partir de la crisis?
–Hay una teoría llamada “captura regulatoria”. Supone poner a las gallinas a ser controladas por los zorros. Si uno mira las formas regulatorias propuestas hasta ahora, se da cuenta de que los zorros están ganando y eso es porque los zorros controlan también el Congreso de los Estados Unidos.
¿Hay diferencias entre las políticas impulsadas en los Estados Unidos y en Europa?
–Sí, hay diferencias. Uno de los temas que estoy estudiando es justamente las diferencias que hay en distintos lugares. Por ejemplo, en América latina la reacción de los gobiernos fue mucho más sensible a la crisis que lo que se observa en los Estados Unidos y Europa. En Europa hay un gran conflicto entre los países más grandes y los más chicos. Alemania, que por razones históricas tiene una obsesión con el tema de la inflación, impone el tema de la austeridad. El triunfo de un gobierno conservador en Inglaterra también fortalece la idea de austeridad. Por eso, no sorprende que Europa esté estancada, mientras China está creciendo fuerte.

¿Qué impacto tienen las políticas de austeridad?
–La austeridad es algo totalmente erróneo. En primer lugar, por las diferencias de impacto entre clases sociales. En general, las clases más bajas son las más damnificadas. Además, las clases más bajas, cuando tienen dinero, lo gastan, mientras que las clases altas lo usan para generar más dinero y no necesariamente para hacer cosas productivas.

¿Por ejemplo?
–Muchos ricos de los Estados Unidos compraron tierras en América latina. Esto llevó al aumento del precio de la tierra. En el largo plazo, debemos pensar cómo puede vivir el mundo de acuerdo con sus recursos. Eso no significa austeridad, sino una forma más austera de vivir, que no es lo mismo.

¿En qué se diferencian?
–Deberemos pensar qué es lo que realmente necesitamos para tener una buena vida, y muchas de las cosas que pensamos del consumo son una locura; es dilapidar recursos, naturales y humanos. Tenemos que pensar cómo hacemos en el largo plazo para que 6800 millones de personas puedan vivir, tener vivienda, salud, alimento para que tengan una vida razonable y feliz.

Fuente: diario P12

Un habitar en torno a la metáfora de la casa - HUGO MUJICA

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El texto sobre "un habitar en torno a la metáfora de la casa" fue leido por Hugo Mujica en el marco de un encuentro realizado en la ciudad de Neuquén y organizado por el grupo Odisea en Octubre de 2008. La  lectura fue grabada.


Un habitar en torno a la metáfora de la casa.

El ser humano no es, está. O podríamos decir que estar es su manera de ser, su encarnación. La casa, la nuestra, es la cifra humana de ese estar. Es el espacio creado por uno, cuando uno se congrega sobre si mismo, abriéndose desde si mismo. Dejando llegar. No se está dentro de la casa como el agua dentro de un vaso. Se está en la casa habitándola. Se la habita siendo ese estar. Aconteciendo en él. Cuando el estar es un habitar, cuando la casa se enciende hogar, entonces no meramente se está: al fin se nace.

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Lo más cercano, lo inseparable de mi, aquello con lo que me identifico y me identifica es mi cuerpo, que curiosamente  es vivido y experimentado ambigua y obviamente: soy mi cuerpo y a la vez tengo un cuerpo. Como si él estuviese entre el interior y el exterior, como si fuera el mediador entre lo propio y lo poseído, lo que soy y lo que tengo., también entre yo y lo demás, todo lo demás, el afuera y sus cuatro puertas abiertas: el mundo. Algo semejante a esta experiencia es la casa. La vivienda que habitamos,  dentro de la cual y gracias a la cual somos, devenimos mundo, el ser humano habita su pasar por la tierra, y sólo pasa y siempre queda, se demora. Mora, construye su casa, la habita. El cuerpo que no nos fue dado elegir lo escogemos, lo plasmamos y extendemos en la casa. Podríamos decir que es el cuerpo del cuerpo, la piel de la piel. Más que el espejo que solo refleja nuestro rostro, la casa espeja nuestra vida. En ella no nos miramos: nos reconocemos. En ese reconocimiento, en el reflejarnos transparentándonos: somos. Y  como humanos, somos estando, vivimos habitando. La casa es algo así como la cosmografía de nuestra extensión. Es ella y no el cuerpo, la que experimentalmente marca el afuera de nuestro ser, de nuestro estar, lo que está más allá, lo umbral afuera, lo inabarcable.
De todo lo propio, de todas nuestras propiedades, la casa es la única en la que estamos y nos sentimos dentro, es lo propio que nos contiene, lo abarcado en lo que nos sobrepasa, el espacio que nos abraza y en el cual nos desplegamos, el vacío que llamamos nuestro, mi mundo propio dentro del mundo.
Lo propio, algo propio, puede querer decir propiedad. Lo que se posee. Lo que es de mi pertenencia. O puede significar identidad, aquello que es lo mío pero no como pertenencia. Como aquello que me constituye. Como aquello que soy. Como lo mío que me distingue, que me dibuja. Lo propio de mi persona. El rostro que me expresa y constituye. Me constituye diferenciándome de los otros.
Propio, la cifra de lo más propio, es el propio nombre: expresión de toda otra propiedad, toda otra singularidad.
Propia en nuestro ejemplo es la propia casa: en la casa somos y  la casa nos hace.
Como ante todas las cosas esenciales o dentro de ellas, no sabemos a ciencia cierta sin nos pertenecen o somos nosotros los que pertenecemos a ella. O si esa ambigua compenetración no es más que lo propio de nosotros mismos. La casa –podríamos decir- es lo propio no lo apropiado, donde se está, no lo que se tiene. Propiedad, es cierto, en tanto que posesión, pero  posesión que  -y es lo que buscamos reeditar aquí-   lo es en sentido único,  sin parangón.




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La casa, la palabra y la metáfora que nos ocupa, deriva de la raíz latina DOMUS -in domus sua - (en casa suya), dice una conocida expresión.
Desde esa misma raíz se ramifican vocablos como: domestico, dueño y dominio. Polifonía entonces que se resume en lo propio. La casa, el lugar de lo propio, no es una propiedad entre otras. No es lo mismo que un par de sillas, que la ropa,  un libro o, que incluso un ser querido. La casa es la posibilidad de todo eso, de que todo eso –diríamos- esté abrazado con nosotros y nosotros también reunidos dentro de ese mismo abrazo. La casa nos incluye, su inclusión nos abarca.
De la casa se sale pero a la casa no se vuelve. Cada vez se llega. Ese es el punto fijo del girar de nuestra vida. Es donde lo múltiple recupera su unidad. Regresar a ella es sentir que se regresa a la unidad. Allí donde lo demás se reúne. En ella, en la casa, nuestra persona, sus múltiples roles y gestos se arraigan, se unifican, se centran. Central es lo que centra. Y en la casa el centro no se revela así, se revela revelándonos.
Somos ese habitar en lo recogido y lo recogido, lo concentrado, es lo abierto que no dispersa, que recoge sin cerrarse.
En la casa siempre se está yendo. De una habitación a otra. Se va, no se vuelve. Y yendo se está. Se está orgánicamente. Es la mutua pertenencia de los lugares cuanto se corresponden. Cuando se abren uno al otro.
En la casa, como en la vida y así como en nuestra más honda profundidad, el centro se manifiesta en tanto damos vueltas en torno a él. Es el acercarnos sin cercarlo. Nunca, nunca jamás, ni en la ocupación ni en el aferrarlo.
Habitando ponemos en juego nuestros hábitos. La casa, la morada, es donde lo incierto, lo extraño, se calma reconocimiento. Las reglas son propias, son costumbres, tradición ritos y ceremonias. Las reglas en la casa nos reflejan. En ellas nos encontramos, nos reconocemos, descansamos.  En la casa, las cosas no están frente ni enfrentadas a nosotros, estamos ante  ellas. Habitamos con ellas. No las buscamos, las volvemos a encontrar,  como si ellas mismas nos saliesen al encuentro. Y al encontrarlas no las usamos, las tratamos. Por eso, por ese trato no meramente están si no que son, son presencias.
El irse, el pasar de todo, en la casa se hace tregua. En ella también el tiempo descansa, se pertenece presente, se encuentra consigo mismo, llega, parte, vuelve y siempre está. No se dispersa. Se concreta. Se concentra.
Casi como en una danza el tiempo gira, no se anula. Gira pero no se repite. Se late. Se vive. El tiempo vivido podríamos decir, se congrega espacio viviente.
La casa entonces, es el recogimiento de lo propio en su propia temporalidad, el recogimiento que es espacio habitado.
El castellano, es uno de los pocos idiomas en que el verbo “ser y estar” se distingue. Como si anunciara con esa dualidad la tarea más humana, de reunión. El llegar a aunar en nosotros, el ser y el estar. El llegar a ser donde uno está y estar donde uno es. A unificarnos. A reunirnos con nosotros mismos en nuestro mismo hacer, en un hacer que nos haga. Cuando estos dos verbos se conjugan uno, cuando nos sentimos viviendo lo que hacemos y haciendo lo que somos, entonces el estar allí, en esa unidad, en esa reunión y esa reunión se llama habitar.

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En la casa propia, también en la del mundo, no habitamos solos, lo hacemos con otros. Los otros propios. La familia. La concreción y la expansión de lo familiar. Lo que hace indistinguible de uno mismo, lo de uno mismo en otros. Lo diferente que no nos es extraño. Los otros en los que somos. En los otros de la intimidad. Y en el habitar cuando es con otros no nos tratamos, nos cuidamos.
Si tuviéramos que tomar una imagen, una imagen en torno de la cual concretar la casa, centrarla, esa imagen sería sin dudas la del fuego. No en vano, el lugar donde el fuego se enciende y arde, la chimenea o el brasero de una casa se llaman “hogar”. Podríamos decir que el fuego, el hogar, es el corazón de una casa. Fuego y casa, hogar que a su vez son imágenes del corazón humano. De lo latiente. Imagen también -y quizá no sólo imagen- del alma humana. Este hogar, este fuego es -según la milenaria experiencia- la sede de lo hogareño. Calor y lumbre en torno de los cuales  se reúne y enciende lo   familiar. Lo que reuniendo ilumina e iluminando calienta. Templa. Lo que reúne, lo que congrega. El calor custodia lo incorporado. Lo ilumina y enciende. Pero no como una cápsula cerrada, sino permitiendo que cada cosa distinguiéndose se manifieste, muestre su ser. No es el fuego que consume, sino la luz suave que respeta, la penumbra en la que se descansa. Luz viviente y por viviente temblorosa, dubitante, enciende lo que muestra y la sombra de lo mostrado. Respeta lo que es y el misterio que todo  lo que él custodia y protege un sus propias sombras.
Luz que llega desde su propio adiós. Como un futuro hacia su pasado. Luz viviente que vive de su muerte, con suma lo que consume. Nace de lo que muere. Juego de luz y sombras .Parpadeo de distancia y cercanía. Temblor de vida y muerte. Señas quizá, hacia o desde un Dios que se esconde en las mismas sombras que su luz enciende. Y lo que allí se alumbra y enciende, es la vida misma. La vida en su dimensión y proporción humana. Lo que en las manos cabe, lo que en lo brazos mecen. Lo familiar.
La vida congregada y congregante. La vida como reunión. Como serena celebración. No de lo extraordinario sino de lo habitual. Los propios hábitos vividos. La serenidad del estar. El descanso en el quehacer.
Imagen de ese mismo fuego de una manera de vivir, del vivir desnudo. Se eleva, se consume, simplemente dándose. Iluminando, entibiando, abriendo un espacio en la oscuridad. Allí, en torno de ese calor, en lo tibio de la casa, la vida se recibe simplemente estando. Se la acoge, abriéndonos a su acoger.




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Y el fuego, el que nos acerca, también entrega: cocina. Y la casa es también  la mesa, su otro fuego. El vital. El que sostiene. No el que alumbra sino el que cuece. El que alimenta. El que da vida. Y en torno de la mesa no miramos ya el fuego: nos miramos, nos compartimos, hablamos.
Como el fuego del hogar o el que cocina, este otro, el del lenguaje, hecho de aliento que nos atraviesa también congrega, reúne. Nos hace humanos y en él, humanamente nos mostramos, nos decimos y nos callamos. Decimos y nos entregamos. Escuchamos y dejamos llegar.
Recordamos y volvemos a vivir próximos lo que cada uno vivió por si solo. O, rememoramos lo que vivimos juntos, la historia que  nos avecina, la historia a la que pertenecemos. Rememoramos y así revivimos. Ahondamos.
O contamos las historias ajenas y así las hacemos propias. Nos reconocemos en esas palabras, nos encontramos en ellas. Un hacernos eco de las risas de unos y callar la gravedad de otros. Y así, entregamos en la confianza festiva de una mesa extendida, de una confianza que ampara. Los lazos creados en torno de la mesa, entraman la vida, también la nutren. Es la ceremonia cotidiana, la que alimenta no a cada uno sino a todos juntos. La que paradójicamente partiendo el pan no parte sino aúna. Un partir el pan que nos abre el corazón que nos permite sondearnos sin juzgarnos, mostrarnos sin reflejarnos.



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Tener un techo propio -esa antigua expresión-  solía ser sinónimo de tener una casa propia, pero encendiendo un matiz especifico: el del anhelo de la protección. Como si bajo un techo así sentido se experimentara la bendición de haberlo recibido. La gratitud de saberse abrigado. También el sano orgullo de haberlo logrado. El techo completa en el imaginario más biológico, el estar sobre la tierra. Y por estar sobre la tierra, el estar bajo el cielo.
Cielorraso, es una de las maneras de nombrarlo. Uno de sus sinónimos: cielo al raso. Común. Sin más. Como si dijésemos el mismo cielo de todos. Como si allí sintiéramos que no nos cubre cerrándonos, que nos abre dilatándonos. Como el otro cielo, el azul, aquel del  que  escuchó el nombre.
La casa cerrada sobre si, se abre en si. Su adentro nos adentra. Se abre al afuera. Se abre entrada.
La casa ese lugar donde habitando, recibimos.
La casa que no se abre a los otros es como el pan que no se parte. No lo come nadie. Lo carcome el moho. En lo propio la casa da casa. La intimidad se extiende abriéndose hospitalidad. La hospitalidad en la cual lo íntimo de la casa se asfixia en su repliegue, en lo mismo de si mismo
Habitar, en su raíz sánscrita (…), quiere decir dar y recibir. Se habita este gesto: el de la mano que al dar se abre, y abierta recibe.
La casa morada  y estancia. Habitada se enciende hogar. Hogar que encendido se abre hospedaje, se ofrece apertura. Intimidad que se cumple abriéndose albergue y abrigo. Acogida al que viene. Recepción.
Interioridad que abriéndose no deja de ser interioridad…intimidad. La intimidad que la hospitalidad abre cuando la casa se abre, cuando cobija. Espacio de separación y recogimiento.  La casa, interioridad que nos abarca, se completa abriéndose.
Lo propio abierto es lo íntimo. Y lo íntimo es lo opuesto a lo cerrado, a lo replegado. La casa se expande, se despliega abriéndose. No extendiendo los metros cuadrados de su propiedad. Dejar llegar así, es su manera de ir.
El huésped, es aquel que llega. Llega y entra. Es a quien recibimos. Alojamos.
El huésped bien recibido -dicen los orientales- es el Dios por un día. O simplemente Dios es eso, lo otro que nos despliega, el despliegue que nos despide. Qué nos altera, es decir que nos hace otros en nosotros mismos. Nos saca hacia lo que seremos. Nos abre de lo que ya fuimos, Nos libra. Después de todo es el huésped el que llega, el que nos lleva hasta adonde no sabíamos que estábamos. A lo propio aun no habitado.
En nuestra ciudades el huésped ya suele estar domesticado, conocido, pero la figura del huésped, antiguamente -y aun en muchas culturas contemporáneas- es el desconocido, el que golpea la puerta, el que viene de paso. Lo desconocido que se muestra, lo extranjero. El que cuenta lo lejano. El que trae y acerca esa lejanía. El que revela.
Como desconocido, el huésped a la vez atrae y atemoriza. Trae lo desconocido al seno de lo familiar. Y Lo desconocido siempre cuestiona lo propio. Muestra otros posibles. Otras perspectivas. Nos saca de la seguridad de lo ya conocido. Atraviesa el espejo de lo repetido.
En la medida en que es otro, nos cuestiona, Y por eso mismo nos enriquece, extiende. El huésped es lo desconocido. Y desconocido es desde donde brota la creación. Lo no previsto, el don.
Lo real es el huésped que tiene desde antiguo -en cuentos y leyendas- el aro de una figura sagrada única, es decir,  portadora de alteridad, de lo inasible, lo irreducible, lo que no puedo hacer de todo nunca igual a mi.
Así, habitando recibimos, acogemos, tomamos cuidado de lo que viene, damos hospedaje.
Acoger, recibir, es recibir lo que nadie puede darse a si: la alteridad, la diferencia, el don inconquistable que cada huésped es, que siéndolo lo da, nos abre.
La casa recibe al huésped, pero  recién allí en la recepción el huésped decumple su identidad. Ser hospedado y el hospedero la suya .Su identidad y su misión. Ser  acogida. Abrir en si mismo la casa del otro.
Juego de mutuo rebosamiento. De mutuo don. No en vano y significativamente, acoger al otro se llama recibir. El mismo verbo que indica que uno mismo recibiendo es quien recibe. Recibiendo al otro se recibe del otro.
La recepción, la acogida no quita. Da. Lo propio compartido, se expande en otros. Deviene. Devenimos esos otros. Habitamos más allá de donde estamos. Nos trascendemos.
Uno y otro, huésped y hospedero, mismidad y alteridad, lo propio y lo extraño, se cumplen en lo que dan. Son lo que entregan. Abren el lugar. Habitan el don.



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Y el final, el de cada día, su recogerse, es el llegar de la noche y con ella  el postrero rito de cerrar las puertas y atrancar postigos. Apagar las luces. Acostarnos.
Está el dormitorio, lo más intimo, lo último de cada día. Y allí las formas del sosiego: la cama blanda, la almohada blanca.
Antes de que la ciencia médica nos exiliara, se nacía y a veces hasta se moría -una vida después- en la misma cama. El origen y el destino acontecían en la casa, sobre una cama.
En ella los cuerpos se anudan para desatar su gozo. Se celebran festejándose o simplemente se gozan celebrándose. Dándose uno a otro la intensidad del asombro. Regalándose el abandono. Amando.
Después se apartan. La reunión de la carne tiene por condición la separación, también el dolor. Por condición y por reverencia. De ese ancestral intento de dos cuerpos que buscan ser uno, de ese imposible necesario: somos. Cada uno, todo hijo, la unidad trascendida. A veces, otras veces, son solo caricias: ese pudoroso gesto que despide lo que recorre.



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Dormimos, deponemos el dominio de nosotros mismos, el de la lucidez sobre nuestro cuerpo, sobre nuestra vida iluminada, razonada y comprendida. Ahora somos -podríamos decir- todo cuerpo. Cuerpo entero. Cuerpo horizontal. Memoria animal  y reposo del erguirse humano.
En la noche el cuerpo es tierra, cosmos. En la noche los bordes tallan sus nombres  y serenamente somos todo por no sabernos algo. Dormimos y también soñamos. Nos hacemos posibles. Algo de nosotros despierta otro.
En la serenidad de la noche, algunas noches, se despierta en nosotros el pavoroso temblor de nuestra frágil finitud y el no menos pavoroso asombro ante el infinito que la abona. Sentimos la pertenencia a la honda oscuridad de la tierra y la aspiración  hacia lo alto en lo que todo se expande. A veces, es solo un instante. Una fisura y un estremecimiento en el que lo somos todo. Ahí, en el silencio de la noche. Cuando por no aferrarnos a nosotros, nos descubrimos sostenidos. Un instante. Un relámpago en el que vislumbramos como es la vida cuando nada refleja nada y todo trasluce a todo. Cuando todo se abre hacia todo. Cuando se es.
Dormir, finalmente, es el cotidiano presagio del morir que se nos adelanta. La decisión entre el miedo o la confianza. Vislumbre  también y apenas, del misterio que toda noche cobija. Misterio de la luz que toda sombra reserva y promete, quizá por esto, acostarse -en una de sus acepciones- significa ir llegando a la costa. Avecinarse a la posibilidad extrema.  A la que nos da el nombre de mortales.
Ahora si, cerramos los ojos y sin temer ni desear, confiamos en la noche. Porque dormir también es una fe, un olvido de si, un abandono, una entrega, un amén.

Uh-Oh... here she comes - CINNAMON

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La fotografía es de CINNAMON, su nombre real es Cindy, es una joven fotógrafa estadounidense, de Carolina del Norte.
Se aceptan comentarios
Gracias !
M.E.

Gabo Ferro

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Gabo Ferro

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Derrama en rama - NANCY FUENTES

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Derrama en rama
En un árbol
cuyas raices caminan hacia el sol
una rama se agita.
Fuerte y flexible brota
en las 4 estaciones
Florece toda vez 
que los niños y las bestias la rodean
y se deshoja a veces
aunque sea primavera


Largas siestas la encuentran
en infantiles brazos
que aumentan su verdor y su espesura
De allá abajo el tronco inamovible
la mira ilusionado


Que no se rompan jamás aquellos lazos
con que una enredadera nos ha unido.




Nancy
La rama vecina del arbol de odiseas

Hugo Mujica

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Fotografía: Mirta Eberhardt La escucha, ese oir del desierto, ese roce de vientos, ese silencio del alma en la piel.

Hugo Mujica

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Fotografía: Mirta Eberhardt En la anchura que la escucha dilata el temblor de la realidad resuena. Su fondo rumoroso vibra: entona, da decires.

José Ignacio Raffo (Neuquén) -Esculturas-

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El animal, el paisaje, el silencio, las partes.

(Nota publicada en la Revista Maipué Nº19)

En una porción de territorio neuquino, una ficción de metal, de paisaje y viento se representa cada día. Un drama vigente desde hace cuatro mil millones de años: el de la lucha por la supervivencia.

Por Arq. Mirta Eberhardt

Se habla de ciertas criaturas excepcionales que “habitan” el suelo neuquino. Son de metal. El camino que hay que recorrer para descubrirlas es tan extraño como ellas; así también la tierra que las contiene.

La ruta que lleva a su encuentro, a medida que se acortan las distancias se va cargando de una cierta tensión. Es probable que este hecho se origine en el significado profundo de las palabras escritas que aparecen a lo largo del recorrido: fin del mundo, saurus, ventus, valle perdido, ciudad de los césares.

Ellas, las palabras, mágicamente se corren de las referencias y se constituyen en umbral simbólico. Aquel que necesitan las criaturas creadas por José Raffo para ser comprendidas. Al menos, en ciertos planos.

La tierra es San Patricio del Chañar: tierra que aloja al puma y al guanaco de metal. En este territorio no todas las variables pueden ser controladas. Las que se someten, pueden constituir emprendimientos de alta tecnología como por ejemplo, la Bodega NQN. Las otras en cambio, forman parte de dimensiones que se resisten al control humano y propician –ante los ojos de los atentos- el despliegue de juegos particulares (algunos lo llaman poesía).

Se comenta que algunas personas logran hacer alianzas con los espíritus que habitan en las dimensiones rebeldes, para verticalizar el tiempo y crear. José Raffo (escultor) y su padre, Norberto Raffo (ingeniero agrónomo paisajista), pertenecen a este grupo. La obra de ambos -en conjunto- toca “el nervio del lugar” y fomenta la construcción de procesos de significación y sentido.

José ensambla piezas de metal de distinto origen para recuperar –quizás- lo que se nos escapa de las manos. Su padre lo enmarca. Ambos, con el convencimiento de que en las contradicciones acumuladas todo se activa, hacen y conducen, poéticamente, a la “aventura de lo real”.

Cuando llega el agosto patagónico, la universalización casi monocromática del invierno, sumerge en profundidad la propuesta: aquella que logra que creamos que los viñedos, la arquitectura y los humanos del lugar imitan –sin darse cuenta- al silencio, a la quietud y a esa especie de indiferencia que tienen los objetos metálicos; e invierten los términos de lo viviente, para que lo inanimado-animal, en la simulación de la lucha por la vida, cobre vida.

El escultor: José Ignacio Raffo (SOCK). Nació el 26 de abril de 1985. Reside en la ciudad de Neuquén. Es egresado de la EPET 14, donde aprendió a soldar y a trabajar con todo tipo de herramientas. Luego comenzó a estudiar en la Escuela Superior de Bellas Artes de Neuquén y terminó de cursar la tecnicatura y el profesorado en artes visuales. En la actualidad cursa un profesorado superior en escultura y dibujo. Trabaja en su taller instalado dentro de un vivero. Las tardes las pasa entre hierros y plantas, regando y soldando.

Ernesto Sábato

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¿Y ahora qué? por Ernesto Sabato (...) Si no somos destruidos por las fuerzas atómicas será necesario acometer una vasta síntesis de elementos contrarios. Ya la filosofía existencial-fenomenológica intenta una conciliación de lo objetivo y lo subjetivo, de la esencia y la existencia de lo absoluto y lo relativo, de lo intemporal y lo histórico. A esta actitud filosófica debería corresponder una síntesis social del hombre y la comunidad. Ni el individualismo ni el colectivismo son soluciones humanas: como dice Martin Buber, el primero no ve a la sociedad y el segundo se niega a ver al hombre. Esas dos reacciones del hombre contemporáneo son el anverso y el reverso de esa situación inhóspita, de esa soledad cósmica y social en que se debate: refugiarse dentro de sí, o refugiarse en la colectividad. Pero la verdadera posición no es ni una ni otra sino el reconocimiento del otro, del interlocutor, del semejante. Tanto el individuo aislado como la colectividad son abstracciones, ya que la realidad concreta es un diálogo, puesto que la existencia es un entrar en contacto del ser humano con las cosas y con sus iguales. El hecho fundamental es el hombre con el hombre. El reino del hombre no es el estrecho y angustioso territorio de su propio yo, ni el abstracto dominio de la colectividad, sino esa tierra intermedia en que suelen acontecer el amor, la amistad, la comprensión, la piedad. Sólo el reconocimiento de este principio nos permitirá fundar comunidades auténticas, no máquinas sociales. Contra esta clase de argumentos se suele responder que es inútil ofrecer utopías cuando la realidad está representada por dos estados colosales que de un momento a otro desencadenarán la lucha atómica. A este argumento se puede contestar: primero, que si los superestados están prontos a desencadenar la lucha atómica, nada más utópico que esperar algo de ellos, porque lo más probable es que sucumba toda nuestra civilización y desaparezcan del ras de la tierra los seres humanos y los monumentos de su pasada grandeza; y segundo, que el poder meramente físico no puede ser un argumento para resolver los grandes enigmas del espíritu humano: podrá aniquilarlos, no resolverlos. La lucha por imponer pequeñas comunidades socialistas puede parecer desproporcionada y absurda, en medio de esta pugna gigantesca entre estados monstruosos. Pero muchas grandes etapas de la historia del hombre han sido precedidas por actitudes desproporcionadas absurdas. Además, ¿qué sabemos de lo que hay más allá del absurdo? ¿Por qué una lucha ha de parecer razonable? Ignoramos, al menos yo lo ignoro, si los males y perversidades de la realidad tienen algún sentido oculto que escapa a nuestra torpe visión humana. Pero nuestro instinto de vida nos incita a luchar a pesar de todo, y esto es bastante, por lo menos para mí. No estamos completamente aislados. Los fugaces instantes de comunidad ante la belleza que experimentamos alguna vez al lado de otros hombres, los momentos de solidaridad ante el dolor, son como frágiles y transitorios puentes que comunican a los hombres por sobre el abismo sin fondo de la soledad. Frágiles y transitorios, esos puentes sin embargo existen y aunque se pusiese en duda todo lo demás, eso debería bastarnos para saber que hay algo fuera de nuestra cárcel y que ese algo es valioso y da sentido a nuestra vida, y tal vez hasta un sentido absoluto. ¿Por qué ha de alcanzarse lo absoluto, como pretenden los filósofos, mediante el conocimiento racional de todas las experiencias, y no por algún éxtasis repentino e instantáneo que ilumine de pronto los vastos dominios de lo absoluto? Dostoievsky dice por boca de Kiriloff: "Creo en la vida eterna en este mundo. Hay momentos en que el tiempo se detiene de repente para dar lugar a la eternidad". ¿Por qué buscar lo absoluto fuera del tiempo y no en esos instantes fugaces pero poderosos en que, al escuchar algunas notas musicales o al oír la voz de un semejante, sentimos que la vida tiene un sentido absoluto? Ése es el sentido de la esperanza para mí y lo que, a pesar de mi sombría visión de la realidad, me levanta una y otra vez para luchar. Todo el horror de los siglos pasados y presentes en la larga y difícil historia del hombre es inexistente además para cada niño que nace y para cada joven que comienza a creer. Cada esperanza de cada joven es nueva -felizmente-, porque el dolor no se sufre sino en carne propia. Esa cándida esperanza se va manchando, es cierto, deteriorando míseramente, convirtiéndose las más de las veces en un trapo sucio, que finalmente se arroja con asco. Pero lo admirable es que el hombre siga luchando a pesar de todo y que, desilusionado o triste, cansado o enfermo, siga trazando caminos, arando la tierra, luchando contra los elementos y hasta creando obras de belleza en medio de un mundo bárbaro y hostil. Esto debería bastar para probarnos que el mundo tiene algún misterioso sentido y para convencernos de que, aunque mortales y perversos, los hombres podemos alcanzar de algún modo la grandeza y la eternidad. Y que, si es cierto que Satanás es el amo de la tierra, en alguna parte del cielo o en algún rincón de nuestro ser reside un Espíritu Divino que incesantemente lucha contra él, para levantarnos una y otra vez sobre el barro de nuestra desesperación. * Gentileza de Ernesto Sabato, fragmento del texto ¿Y ahora qué?, publicado en su libro Hombres y engranajes, en 1951

El derecho al delirio

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Pier Aldo Rovatti

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Kevin Perelman
…¿ y si la metáfora no fuera otra cosa que la imagen móvil en la cual el pensamiento trata de reconocerse y, en consecuencia, de quedar de algún modo fijado en el lenguaje? PIER ALDO ROVATTI Como la luz tenue.

Mario Benedetti - No te salves por Miguel Ángel Solá

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Valcheta - María Benicia Costa Paz

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VALCHETA

María Benicia Costa Paz

“La desapariciones inexplicables… Los cataclismos que ahogan y carbonizan…” René Char

En un antiguo cauce de río,

horadado por los tiempos

estalla un encuentro violento,

Entre indios y soldados.

La noche se insinúa con reservas, avanza inescrutable, preñada de recuerdos:

historias de crueldades y de muerte,

brasas que ciegan la memoria.

A lo lejos, polvareda de espectros

se aproxima en cadencia sospechosa.

Negrura muda de fantasmas imprecisos

Que aparecen, embozados en tinieblas.

Resuenan los cascos impetuosos

Anunciando, en las piedras, lo terrible.

Bestias, de miedo enardecidas,

el odio feroz las atraviesa.

El griterío acorrala majadas de miedo.

Siluetas sombreadas huyen

de las garras filosas de soldados,

en acciones de muerte, ensañados.

Presas de terror, pasan mujeres y niños; claman por una justicia inexistente; ¡Los sin tierra de gesto congelado Por la tiniebla voraz, despedazados

Una y otra vez, vuelve la chusma

con ojos espantados, envueltos

en mortajas de lamentos. Se arrastran

como pueden; ensordecidos

por el eco agónico de esas huellas.

De la última hora, presagio claro

con marcas de sangre en cada hachazo

manchando las horas transcurridas.

Se trata de apurarlos, de golpearlos,

De hacer que se quejen con fuerza desmedida.

El páramo cómplice, absorto y mudo,

permite que este horror visceral quede impune.

Los pasos quejosos no dan más;

Siguen llorando y suplicando

Hasta quedar rígidos de muerte compelida en los pliegues cobardes del arenal maldito.

La lóbrega noche tejerá un ataúd,

(Olvidando infames registros oficiales), en la oscilante frontera del desierto.

De eso se trata, de borrarlos para siempre

a los sin voz, a los que no cuentan:

invisibles espectros que me acosan.

A pesar de relatos que los niegan

mediante la copa embriagante del olvido.

En anocheceres oscuros todavía pasan

trashumantes del desierto, almas en pena, cuyos suspiros y gemidos empañan los espejos de la estepa, deslucidos.

Restos de esas vidas desgajadas

cuelgan aún, tibios, de las alambradas, anidan inermes y olvidados dentro de coirones temblorosos.

La niebla deja velos de tristeza en los valles, que flotan entre blancos grises y azulados.

Una y otra vez los matan en los descampados provocando una muda romería de ultratumba.

Todavía emana un espejismo de huesos

que, blancos, afloran de la arena,

mientras llueven memorias, quedamente.

El exterminio se confunde en la locura.

Agustín Argibay Molina

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Agustín Argibay Molina

El Paciente

(cuento)

Estoy muerta. Me pasé todo el fin de semana bailando. El viernes, directamente, no dormimos. El sábado, en cambio, todo el día juntos, en la cama. Una maravilla. A la noche, otra vez al boliche. Me encanta bailar, el ritmo me penetra, no me lo puedo sacar de encima así nomás.

No se asusten si hoy me ven bailando sola, son los recuerdos de aquellos momentos bárbaros, divinos. Tengo ganas de gritar de alegría. Estoy tan feliz que soy capaz de levantarle el ánimo a cualquiera, incluso a ustedes dos, amargos, y a quienquiera otro que se presente y tenga el espíritu por el suelo.

Vamos, arriba chicos, hay que empezar a trabajar. Hoy es lunes, a este día lo deberían eliminar del almanaque para siempre. La semana debería empezar los martes y terminar los jueves. Eso, ya van a ver, se va a lograr con el progreso.

Uy, ya llegó el primero. Viene por una tomografía computada de cerebro, tórax y abdomen. Es un hombre de sesenta y tres años. Tiene mal pronóstico. Ya le dije que se desvista, que se ponga la bata y que espere ahí hasta que lo llamemos. Está muy asustado.

“Tranquilo, no le va a pasar nada, lo único doloroso es la inyección de yodo, pero cuando le hagamos eso, le vamos a avisar. Va a sentir mucho calor, casi como si se estuviese quemando, sobretodo en la nuca y en la cola, pero todo bien, es cosa de unos pocos minutos.”

“Mirá, me dan ganas de irme de acá, en cualquier momento”.

Uy, sonamos, creo que se me desmayó. Vengan a ver, parece que delira, habla solo. A ver, a ver, está protestando contra los médicos. Escuchen, dice que su enfermedad empezó cuando inició su recorrido por consultorios y laboratorios; un calvario. Atiendan, silencio, está diciendo que, finalmente, lo vamos a matar. Sin intención, por supuesto, pero por descuido, porque no nos importa, porque los consideramos un número y lo que realmente nos motiva es el dinero.

Por favor, absoluto silencio, ahora dice que está muerto. Que siente cierta alegría y gratitud hacia nuestro grupo por haberlo matado en forma repentina, evitándole todo sufrimiento, al darle yodo en exceso.

Sigan escuchando, ahora está hablando de su familia, de su mujer; dice que ella ya no va a tener a quien protestar y recriminar. Y que le va a ser difícil encontrar otro con quien reírse. Que las luces de su casa no se van a apagar más y que su ausencia no va a provocar ningún ahorro en la cuenta del teléfono. Pero que va a extrañar el calor de su compañía. Que sus hijos lo van echar de menos, pero que su muerte los convertiráa automáticamente, en seres humanos independientes. Un accidente que los fortalecerá.

Siente culpa por muchos de sus actos y por cosas importantes que ha dejado de hacer por indolencia o cobardía.

Si volviera a nacer, está diciendo, sería mucho más afectuoso y demostrativo con todos, especialmente con su mujer y sus hijos.

Ay, gritó, perdí mucho tiempo. Lamenta, también, no haberse podido despedir de sus queridísimos nietos, que son un regalo recibido, que en estos pocos años solo le han dado enormes alegrías.

Me estoy empezando a preocupar en serio, no despierta. Vayan ustedes a avisarle al director, que yo voy a buscar al cardiólogo.

¿Pero como que no está? Pero si hasta hace dos minutos estaba ahí, desmayado, en la camilla, parecía muerto. ¿Quien lo dejó salir? ¿Alguien lo vio?

Está bien, se fugó, pero ¿llegó a firmar los cupones para la obra social?

¿Si? Ah bueno!