Claudio Clementín envía un fragmento extraído de El libro del Té de Kakuzo Okakura:

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Fragmento extraído de El libro del Té de Kakuzo Okakura:
Al mágico roce de la belleza, las más secretas fibras de nuestra sensibilidad salen de su sueño; en contestación a la llamada que se les hace vibran y se estremecen. El espíritu hace saltar notas de no se sabe dónde. Recuerdos de un sentido nuevo. Esperanzas sofocadas por el temor, accesos de ternura que no nos atrevemos a exteriorizar, se presentan vestidos con un esplendor reciente. Nuestro espíritu es la tela por la cual el artista extiende nuestras emociones y el claroscuro está hecho de la luz de nuestras alegrías y de la sombra de nuestras tristezas. La obra maestra está dentro de nosotros y nosotros estamos contenidos en la obra maestra. La comunión de simpatía que es necesaria a la eclosión de la intimidad del Arte tiene por base concesiones recíprocas. El espectador ha de cuidar su actitud para recibir el mensaje; el artista ha de saber cómo ese mensaje se ha de enviar. El maestro del té Kobori Enshu, que era daimyo, nos ha dejado una huella memorable: “acercaos a un gran pintor con el mismo respeto que a un gran príncipe.” Para comprender una obra maestra, inclináos primeramente ante ella y esperad reteniendo el aliento que ella os hable. Un crítico eminente, de la época de Sung hizo cierto día una confesión encantadora: “Cuando yo era joven -dijo- loaba al maestro cuyas obras me seducían; pero a medida que mi juicio fue madurando, me aplaudía yo mismo de ver que me agradaba aquello que los maestros habían creado para que me agradase.” Debe deplorarse que juegue entre nosotros tan poco la opinión de los que estudian de manera magistral. En nuestra testaruda ignorancia nos negamos a rendirles ese sencillo homenaje y nos privamos de la rica fiesta de belleza que exhiben ante nuestros ojos. Un maestro tiene siempre algo bueno que ofrecernos y nosotros nos quedamos con nuestra hambre simplemente porque carecemos de gusto. Para quien, por el contrario, tiene el sentido del Arte, una obra maestra adquiere la calidad de una realidad viviente hacia la cual nos sentimos arrastrados por lazos de camaradería. Los maestros son inmortales, porque sus cariños y sus agonías viven en nosotros para toda la eternidad. Es no tanto la mano como el alma, la técnica como el hombre, lo que nos subyuga, y cuando más fuerte es la llamada, más decidida es la respuesta y es a causa de esta interior comprensión entre el maestro y nosotros por lo que padecemos y nos alegramos con los héroes y las heroínas de las novelas. ........ ¿Quién es capaz de contemplar una obra maestra sin asustarse de la cantidad de pensamiento que nos mete por los ojos? No hay ninguna obra maestra, que no nos sea familiar y simpática. ¡Qué frías resultan, por el contrario, las producciones ordinarias de la hora presente! Allá un corazón humano que se espacia; aquí, nada más que un gesto formalista. Esclavos de la técnica, los modernos raras veces se elevan por encima de sí mismos. Como los músicos que probaron en vano de encantar al arpa de Lung Meng [un cuento que se narra anteriormente a lo que os estoy transcribiendo] no se ponen en verso más que a sí mismos. No negamos que sus obras se acerquen mas a los postulados de la ciencia pero se alejan de los sentimientos de la Humanidad. Corre un viejo proverbio japones por esos mundos, según el cual una mujer no puede amar a un hombre excesivamente vanidoso, porque no hay en su corazón una rendija por la cual pueda colarse el amor y llenarlo. La vanidad en el Arte es igualmente fatal a la simpatía, ya resida aquella en el corazón del artista, ya en el alma del público. No conozco nada más sagrado y santificado que la unión de los espíritus afines en el tálamo del arte. En la culminación de ese encuentro el diletante artístico se supera a sí mismo. Es y no es al propio tiempo él mismo. Es y no es al mismo tiempo él mismo. Entrevé el resplandor del infinito, pero las palabras no le dan la medida de su gozo, porque los ojos no tienen lengua. Libertado de las cadenas de la materia, su espíritu se mueve dentro del ritmo de las cosas. De este modo es como el Arte emparenta con la religión y ennoblece la humanidad; eso es lo que convierte una obra maestra en una cosa sagrada.

1 comentario:

Adolfo Payés dijo...

lindos fragmento ...
saludos